Lo que almacena la memoria no es ni más ni menos que el resultado de lo vivido. El problema surge si no hacemos una selección que guarde lo mejor de nuestras experiencias. Solamente si nuestro corazón y la razón nos dicen que hemos elegido un buen camino y al cruzarnos con alguien le decimos, con la sonrisa en la boca, hasta luego amigo, sabremos que en ese sendero nuestros pies marcarán huella y memoria.

Transcurridos unos días, camino con mi maleta llena de trapos viejos. Aunque parecida, no es la mía. La verdad es que no se quien ha sido el osado en hacerme este cambio. Y yo, al no disponer de otra, tendré que apechugar con ella para luego ver dónde me deshago de su contenido.

Menos mal que, en un bolsillo que llevo cosido con liza, guardé mi particular tesoro. No quiero confundirles ahora, no estoy actuando. Éstas son unas papeletas que no puse en la oferta. Les recuerdo que nadie quiso comprarme ninguna de aquellas otras, que eran las mejores, las únicas que contenían un listado detallado de lo que manda la normativa. En su parte derecha hay un sello de lacre, de esos antiguos, diseñando una marca que parecía de una época muy lejana. Con el calor de tanto trapo apretujado, no acabo de comprender por qué quieren estar dentro siendo tan incómodo, salvo que sea porque he descubierto que el sello esconde un jeroglífico, que con el calor se modifica.

Pero esto no me preocupa demasiado. Me he informado hace tiempo de que se pueden tirar los desechos y, a lo mejor, hay alguna máquina que los recicle. Eso sí, antes de entrar miraré el letrero de la puerta de entrada, no vaya a ser igual que el sello de la parte derecha de las papeletas. En caso de ser así tendré que hacer una oferta de liquidación de la maleta, sin que sepan lo que lleva dentro, y a lo mejor algún anticuario me la compra, y saco algún dinero para continuar mi viaje a la ciudad.

Por fin he conseguido liberarme del atropello que suponía llevar esta maleta rectangular que no era mía. Sólo me queda reflexionar sobre lo bien que he guardado mi papeleta en el bolsillo de mi chaqueta. Además me siento ligero de peso. Es como si yo y la papeleta fuésemos lo mismo. Ahora me doy cuenta de que la llevo pegada junto a mi corazón. Esto me tranquiliza para seguir mi camino. Me espera una jornada dura en mi ciudad. En ella me encontraré con amigos, conocidos y otros que no sé muy bien quienes son. Estoy seguro que me preguntarán por mis ofertas como charlatán.

Me conocen hace tantos años que no tengo necesidad de invadir la ciudad con mi retrato. Estoy seguro de que mi cara se les quedó grabada. Siempre les trasmití felicidad y les di más de lo que pagaban por mis ofertas. También me preguntaba a mí mismo si sería porque una de mis herramientas de trabajo era un cajón de madera lleno de las más diversas anotaciones. Me pedían que las compartiera con ellos y lo hacía muy gustoso. Me recordaba tiempos donde la gente contaba sus vivencias y cada uno sacaba conclusiones a veces muy interesantes. Recuerdo que surgía un murmullo antes de empezar mis sesiones y gritaban que me estaban esperando.

No sé muy bien en esta ocasión qué esperan. Mi viaje tiene otro cometido. Estoy llegando al destino para cumplir un cometido importante. Abro la puerta del número siete, desplazándome lentamente, erguido y relajado. Veo a algunas personas con un pie en alto, como intentando empezar a caminar para conseguir llegar primeros a recibirme. 

De pronto me siento agobiado. Unos me saludan; otros me dan besos. Siento una sensación de perplejidad al ser recibido de forma tan efusiva. Les miro las caras y prácticamente no conozco a casi ninguno. Lo único que identifico en ellos es una cartulina forrada de plástico, con un nombre y una marca. Me pregunto si no serán los mismos de los trapos viejos y las papeletas con el sello de lacre que subasté con la maleta y que se llevó el anticuario. De este asunto no había caído en un detalle, este me pagó con dinero, que sacó de un sobre sin membrete. También me di cuenta de que unos metros más adelante, se quitó la tarjeta de anticuario, y la tiró a una papelera. Ya me pareció extraño. Su forma de vestir más bien parecía un disfraz, sobre todo por los manguitos de los brazos, recogidos con una goma.

Pasado ese momento de reflexión, traspasé una puerta donde pude ver diversos montones de papeletas, en ellos pude observar que mayoritariamente no conocía a nadie. Difícil elección al no poder resumir en una sola aquellos nombres que conozco.

Me sentía observado cuando mi mano iba cogiendo una papeleta tras otra, de todos los montones. Los observadores constriñen su gesto, cuando llevo la mano al bolsillo de mi chaqueta. Descosiéndolo saco un sobre, dentro está mi decisión, sólo la conocen los más cercanos, con los que no tengo secretos. Estos son los de siempre, los quiero y me quieren, con ellos comparto mi vida, mi camino, siempre saben de mis andanzas, sea cual sea el camino que recorra. Siempre mí mirada está alta, en la búsqueda del mejor horizonte.

Por fin ha llegado el momento, deposito mi sobre una vez cumplidos los trámites legales. Me siento feliz. He cumplido con mi deber de ciudadano. Esto es garantía de volver dentro de un tiempo para que mi mano saque nuevamente el sobre del bolsillo de mi chaqueta.

Al salir veo los mismos grupos que cuando entré. No noto ninguna mirada. Será por el cansancio de su pierna derecha, levantada mirando hacia la puerta de entrada. 

Al día siguiente, por la calle, me cruzo casi rozando su ropa con la mía con algunas personas que el día anterior me saludaron o me dieron besos. La impresión es que no me recordaban. También es cierto que sus miradas iban dirigidas al suelo, no sé muy bien si intentando esquivar baches o pozos que yo no detectaba.

Si superamos tantos nombres, siglas y colores que sobrepasan los del arco iris, y nos fijamos en éste, sabremos que tiene diversos colores, pero que es sólo uno. Les descubriré mi secreto, mi papeleta la hice yo, y de todas que cogí saqué los nombres merecedores de figurar en ella.

Ahora dejo temporalmente mi oficio de charlatán. La nueva situación me dice que me ponga en las puertas principales, de Norte a Sur, de Este a Oeste, con este antiguo aparato de tres patas, con un cartel que diga: soy fotógrafo.

Jesús Aznar 25-5-2015 

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