LOS VALORES HUMANOS. UNA VISION ACTUAL.

 

Aun sin tener a mano una definición “oficial” o académica de lo que son “valores humanos” tenemos una idea bastante aproximada de lo que significa esta expresión: es aquello inherente a las personas, independiente de cultos o ideologías, que es más o menos común a todos y que supone una guía ética de comportamiento.


Y al tratar sobre estos valores en seguida nos asaltan una serie de cuestiones inevitables: ¿Cuáles son mis valores o mis principales valores? ¿Cómo vemos la sociedad respecto a ellos? ¿Qué tengo o que puedo hacer para mejorarme a mí mismo y la sociedad en lo relativo a ellos?


Es obvio que cada uno de nosotros atesora aquellos valores que hemos aprendido desde niños con el ejemplo de nuestros padres, familia y amigos, aquellos que se nos han ido impregnando en el tránsito de nuestra vida. Entiendo que todos tenemos los mismos valores en mayor o menor medida y las diferencias entre individuos vienen marcadas por las preferencias o la importancia que cada cual da a aquellos valores que predominan en él. Estas diferentes escalas de cada uno de nosotros marcan las diferencias entre individuos así como sus motivaciones y sus distintos comportamientos y actitudes ante la vida. De este modo, una persona puede tener la solidaridad como su valor más importante y su comportamiento será distinto al de otra que por ejemplo su valor más elevado en su escala sea la responsabilidad. Esto generará diferentes comportamientos, ópticas y evidentemente discrepancias aunque ambas personas entiendan que ambos valores son buenos y deseables.


Los valores son considerados positivos y enriquecedores por la mayor parte de los seres humanos y constituyen sin duda factores comunes y de unión. Esta afirmación choca sin duda con la persistente y terca tendencia de las personas a ver en sus semejantes aquello que les separa, teniendo tantas cosas en común que les unen.


Y es este comportamiento universal y recurrente el que nos da una idea de la presencia o ausencia de valores en la sociedad y de la casi atávica sensación de crisis de dichos valores en la misma. Estoy convencido de que la percepción actual de que la sociedad tiene una crisis galopante de valores ha sido percibida así desde tiempos ancestrales, sencillamente porque la sociedad cambia y desplaza continuamente los ejes de coordenadas de sus comportamientos éticos e incluso estéticos.


Pero la sociedad actual tiene unos condicionantes distintos que tal vez amplifican esta sensación: los medios de comunicación y las redes sociales multiplican la información. Cualquier aspecto íntimo de cualquier ser humano puede ser conocido en el otro extremo del planeta a los pocos segundos. El acceso al conocimiento es mucho más asequible y rápido que en cualquier otra época de la Historia y por la tanto más fácil de ser utilizado tanto para hacer el bien como el mal…


En general se considera que las generaciones precedentes eran un ejemplo de virtud y un espejo donde a menudo los comportamientos contemporáneos deberían de mirarse para tomar ejemplo. Y no deja de ser sorprendente que, si uno revisa la Historia, es difícil encontrar periodos donde la paz (o la ausencia de guerras declaradas) haya durado tanto y se hayan sublimado los Derechos Humanos y el respeto a la Libertad como en la civilización occidental actual tan escasa de valores como se le presume.


A pesar de que los tiempos pasados no fueron necesariamente mejores, yo creo que sí que estamos inmersos en una crisis de valores en la sociedad actual, la sociedad del bienestar, de la competitividad y de la tecnología. Y esa crisis viene marcada precisamente por el extravío y el abandono de uno de los valores fundamentales, motor de los otros: el esfuerzo y la autodisciplina. Los valores están ahí, pero hace falta cultivarlos, desarrollarlos, fortalecerlos y para ello hace falta trabajo y esfuerzo. Y no se nos escapa que la sociedad actual, a la vez que consigue cotas inimaginables hace unos años de progreso, placer, bienestar y comunicación con solo apretar un botón, ha abandonado la cultura del sacrificio y ha conseguido también niveles impredecibles de aislamiento, de desencanto y de frustración, factores que no hemos tenido la necesidad de combatir cuando se nos han dado tantas cosas por añadidura.


De las anteriores reflexiones se deduce cual debe se la tarea que debemos emprender a la hora de contestar la tercera pregunta que nos hacíamos al principio de estos párrafos. Parece claro que difícilmente podemos mejorar los valores de la sociedad si no somos capaces de mejorar los nuestros, cada uno de forma individual. Y para ello, hemos de ser conscientes de que el desarrollo de nuestros valores individuales es una tarea que requiere esfuerzo y trabajo, más allá de las claudicaciones personales e incluso de los hábitos adquiridos.


Dadas nuestras limitaciones, entiendo que una buena herramienta para mejorar aspectos personales es aprender de aquellos que ya lo hacen. Según mi experiencia, las personas en donde he visto solidaridad, generosidad, compasión, no son necesariamente individuos de un alto nivel cultural o reconocimiento social, sino que a menudo son seres humildes, discretos, prudentes y respetuosos, con una gran carga de autodisciplina.


Una sociedad con más valores debería ser una sociedad más justa y también más unida sin que ello signifique no pueda ser heterogénea, multicultural o pluriracial. La verdadera tarea para conseguirlo, como decía en los primeros párrafos, es el fomento de los aspectos comunes, el cultivo de la unión, la percepción consciente de que los aspectos diferenciadores, lejos de separar, enriquecen.


“El amor os hará libres”, “Ama a tu prójimo como a ti mismo” me parecen dos sentencias que tal vez resuman de una manera clara, sencilla y comprensible toda la abstracción de los conceptos de la ética y el comportamiento, tantos ríos de tinta impresos en complejos tratados de Filosofía.


Para los que creemos en una vida que va más allá de la muerte y en una esencia infinita del alma humana, los valores adquieren una nueva dimensión: yo al menos pienso en que el desarrollo de estos valores constituye una herencia , una moneda cuyo cambio es la evolución y el acercamiento a la perfección. De este modo, la bondad (tal vez una especie de conglomerado de todos los valores) y el amor son un bagaje que continua con nosotros al otro lado de la limitada existencia humana. Sin duda algo por lo que merece la pena luchar.

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