REFLEXIONES SOBRE LA PÉRDIDA DE VALORES Y SU TRANSMISIÓN

Cuando uno pretende acercarse a los valores, considerados en abstracto, enseguida se da cuenta de la magnitud de la materia que la convierte en algo prácticamente inabarcable, si se pretende abordar con cierto rigor. Además, y la tarea se torna más difícil si cabe cuando el tratamiento se ha de constreñir a una extensión limitada como corresponde a este trabajo que, desde luego, no pretende tener un alcance científico.


Fiel reflejo de esta primera impresión lo constituyen los numerosos y diversos puntos de vista desde los que se ha abordado el tratamiento y el estudio de los valores.
 

Del mismo modo, la cuestión tampoco se facilita en tanto en cuanto un buen número de ellos varían, a veces mucho, a veces escasamente, e incluso aparecen o desaparecen, en función de las culturas, las religiones, los regímenes políticos, las creencias personales, el grado de instrucción o conocimientos de los individuos, su situación social, etc. por citar algunas circunstancias que influyen decisivamente en la concepción de los valores.
 

Por ello, es de comprender que este trabajo no pueda ir más allá de poner de manifiesto unas reflexiones que, naturalmente, estarán cargadas de subjetivismo y, a su vez, mediatizadas por su autor, alguien nacido y criado en la cultura occidental. Cultura occidental, fruto del crisol de las culturas monoteístas judeo cristianas, pasadas por el tamiz de Grecia y Roma y, en el caso de esta última, con su enorme influencia en el corpus jurídico, en el ordenamiento jurídico español en concreto, y por la fuerte implantación de la religión católica.

 
Aspectos todos ellos que también tienen su reflejo y dejan  su impronta, en la naturaleza, alcance y contenido de los valores.
 

Una vez formulada la anterior reflexión que nos sitúa en el campo de trabajo, en el lugar de  observación, podríamos intentar aproximarnos a una definición de valores que, a la vista de las numerosas propuestas de definición de diversos autores, difícilmente satisfará a la totalidad de la audiencia pero nos ayudará a centrar el objeto de análisis.

 
Así, con alguno de los autores consultados podríamos definir los valores como el conjunto de aspectos, comportamientos y normas de convivencia del ser humano, consideradas como cualidades positivas y válidas en una época determinada. O también, como aquellas características que posee una persona u organización y que determinan el comportamiento e interacción con otros individuos, la sociedad o el medio. La Axiología (del  griego: tratado de lo valioso) es la filosofía que estudia la naturaleza de los valores, en la que ahora no vamos a entrar.

 
En cuanto a la variada tipología de los valores, y sin ánimo alguno de agotar la cuestión, podríamos citar el respeto, el amor, la empatía, la justicia, la libertad, la amistad, la responsabilidad, la prudencia, la tolerancia, la igualdad, la fraternidad, etc. entre muchísimos otros.


Pues bien, situada la noción de los valores de que aquí y ahora se trata, tanto en su ámbito físico, como cultural, religioso y conceptual, me gustaría centrarme en su instauración en el individuo, dando por constatadas, al tratarse de circunstancias manifiestas, la disminución o pérdida de la cantidad y calidad de valores en nuestra sociedad.
 

Está demostrado que esa implantación se produce en los seis primeros años de vida, aproximadamente. Esta importantísima etapa proporciona al individuo el paradigma con el que luego se va a producir en el mundo. Le provee del cristal y el color del cristal con el que va a mirar todo aquello que le es externo, sea material o inmaterial. En esta etapa también se va a recibir y crear el crisol, el fundamento, de los valores de que  dispondrá posteriormente. Con independencia de si después  los practica, o no, o los  desarrolla, o no.


Se trata de un etapa en la que hasta fechas relativamente recientes correspondía casi en exclusividad a la familia, y en la que poco o nada tenían que ver terceros (maestros, educadores, etc.) que en la vida del individuo aparecen o se corresponden con etapas de formación posteriores. De ahí la importancia del arraigo de los valores en la familia más íntima, como el medio principal, si no el único, de que puedan ser transmitidos a su prole, a su descendencia.


Ha de notarse que esa primera etapa de seis años viene a coincidir con la edad en la que los niños ya podrían valerse por sí mismos. Esto es, algo que  podríamos denominar como una segunda gestación, esta vez externa, de capital importancia pues el niño ya ha recibido las herramientas o habilidades para su desarrollo. De ahí que, por ejemplo, su final coincida con un periodo crítico de la pareja por cuanto su prolongación en el tiempo ya no sería estrictamente necesaria desde el punto de vista biológico. Es un periodo “natural” en tanto en cuanto es la naturaleza quien lo establece.
 

Y es aquí donde sitúo una de las principales causas (entre otras de diversa consideración e importancia) del declive,  deterioro o pérdida de los valores en la sociedad actual. Así, los padres sin valores implantados, poco o nada asumidos, o escasamente desarrollados no pueden transmitir, imbuir o implantarlos en sus hijos.  Pues bien, esta circunstancia tiene un efecto multiplicador por cuanto, a su vez, esos niños no van a disponer en el futuro del paradigma, del cristal coloreado adecuado y, lo que es más problemático, no van a poder transmitirlo a sus hijos. Y así hasta el infinito.

 
El futuro no es nada halagüeño pues es preciso romper esa cadena de causa-efecto que, afortunadamente para unas cosas y desgraciadamente para otras, descansa fuertemente asentada en aspectos o circunstancias que se pierden en la noche de los tiempos, en ese atávico y ancestral periodo de 6 años en el que el individuo recibe las habilidades para desenvolverse en una sociedad como un auténtico ser humano.

 
Por esa razón. Las instituciones que trabajen, practiquen y difundan los valores son necesarias, diría que imprescindibles, para que, con el ejemplo y su extensión en mancha de aceite, su enseñanza o pedagogía puedan impregnar a los padres que, a su vez, podrán transmitir a sus hijos aquellos valores que han de regir como elemento primordial de comportamiento y convivencia, y así lograr un mundo más libre, más igual, más fraternal, más justo y, por ende, más feliz.

 

M. A.C.

 

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