La crisis económica, el paro, los contratos basura, la recesión, la ruptura familiar, la violencia machista, la falta de proyectos de vida y el abandono escolar han sido en las últimas décadas las preocupaciones de la sociedad, todo ello ha generado sentimientos de odio, rencor, y tristeza.

La moral actúa por costumbre o por su propia mentalidad, la “mentalidad de las masas”. Algunos han visto la oportunidad, y la aprovechan para movilizar al mayor número de gentío a su causa. La moral de las masas no responde a principios filosóficos o racionales, solo busca la aceptación social, y cualquiera que se manifieste en su contra es discriminado y apartado del debate público.

Los instigadores al odio buscan insaciablemente la fractura social y la soberanía moral, y se aprovechan de la sequía intelectual, que ha convertido la moral en desestabilidad social.

Su caballo de Troya está en nuestra vida cotidiana y su éxito es manifiesto, todos contribuimos en su acometida. La moral ha sido remplazada por un subproducto, que estudiado y testado durante años, no es más que una herramienta de manipulación social. Actualmente no se tiene paciencia por el estudio, el progreso y el trabajo, ya que ordena esfuerzo. Sin embargo, nos basta con una fotografía en las redes sociales, o un comercial publicitario para asomarnos a un maravilloso e irreal mundo, en el que anónimos protagonistas, tienen la vida que desearíamos tener. Aceptados por miles de “likes”, automáticamente se convierten en la moral popular que debemos obedecer y en el objetivo que debemos seguir. Solo los “likes” activan nuestros circuitos neuronales y nos producen placer.

Debilitado el conjunto social, que no trabaja ya por la felicidad universal, si no por la personal, han sesgado nuestra inteligencia y humanidad, los valores que habíamos aprendido a lo largo de nuestra vida y por los que nuestros abuelos guerrearon tanto. Nos han dividido hasta dejarnos aislados y con miedo a expresarnos con libertad.

Celebramos la muerte de los adversarios de occidente, queremos sangre y ojo por ojo. Los conflictos bélicos van más allá de las imágenes y testimonios cuidadosamente seleccionados en los medios informativos, ya no se deciden en un campo de batalla como antaño, los conflictos actuales duran décadas y a pesar de la definición de guerra mundial, podemos afirmar que, cualquier enfrentamiento por muy remoto que este sea, es global. Quizá viendo el mundo arder, encontremos el intrascendente consuelo, observando que no somos los únicos tristes y solos en este mundo.

Nuestras necesidades básicas están satisfechas, pero cada vez estamos más insatisfechos; necesitamos alicientes insustanciales para ser felices.

Nosotros como hombres y mujeres libres, podemos decidir soberanamente si queremos ser desgraciados o no, la felicidad es una opción personal. La dificultad de encontrar soluciones a corto plazo, nos ha hecho sabios en el juicio y débiles en la búsqueda de medidas. Un individuo no puede cambiar el mundo, pero sus diminutas acciones sumarán obstáculos que debilitan el avance de la fractura social, e invertirán el giro de la rueda de la autodestrucción. El ser humano no se enfrenta a nada, que por su propia naturaleza no sea capaz de superar. Instruir y educar en felicidad es asegurarse el éxito social y el devenir de la raza humana. Un individuo es capaz de infectar con su felicidad a un incontable número de personas a lo largo de su vida.

 

Unamos los vínculos familiares y sociales, encomendémonos al ser humano, instruyámonos en la felicidad y, entreguemos lo mejor de nuestra humanidad.

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