Estamos viviendo un momento social muy complejo, dónde los valores económicos ponderan sobre los humanos, dónde el individualismo se impone ante la solidaridad y donde la tecnología avanza más deprisa que la capacidad ética para manejarla. Aunque haya matices que varían según los contextos culturales y circunstancias de los diferentes países, este efecto globalizador lo he percibido en mayor o menor medida por la mayoría de los rincones. También es destacable que, a pesar de la diversidad, las aspiraciones y sentimientos de los seres humanos son los mismos, independientemente de la religión o la raza a la que se pertenezca.

Mi trabajo en emergencias me ha permitido viajar y vivir en diversos continentes, disfrutar y sufrir de los contrastes y construir con cada experiencia parte de mi persona y existencia. En esto me basaré principalmente para las exponer siguientes reflexiones.

Uno de los momentos de mayor conciencia sobre el mundo que vivimos actualmente en nuestra “comunidad occidental”, es cuando regresas de un país diferente al de origen y sientes el “choque del regreso” a lo supuestamente conocido y propio. Después de trabajar en un desastre humanitario, tipo genocidio de Rwanda o terremoto de Haití, dónde no ha quedado casi nada, donde la vida cotidiana no existe y hay que reconstruirla de nuevo, es arduo volver a integrarse en la sociedad de la abundancia, de la inmediatez, de la superficialidad y del no parar para no sentir. Una sociedad estancada en la comodidad y en el supuesto “bienestar”, pero a la vez llena de soledad, frustración y desilusión.

No es porque todo lo que se haya vivido sea maravilloso, sino porque te permite, vivir en calidad de observador en circunstancias muy adversas, y percibir reacciones humanas totalmente contradictorias ante estas situaciones límite. Algunas personas incrementan sus lazos de solidaridad sin raza ni condición, simplemente por el hecho de ser seres humanos en situación de dificultad y sufrimiento, para ayudarse a sobrevivir. Es precioso contemplar como paralelamente a la destrucción va resurgiendo la vida de nuevo. Como renacen las estructuras sociales, los pequeños negocios impresionantemente creativos (cargadores de móviles, peluquerías, mercados, escuelas, cibercafés…) y como entre todos los miembros del grupo se apoyan para conseguir rehacer su sociedad y cotidianeidad. Te enfrentas al contraste de cómo es posible mantener la ilusión por la vida sin prácticamente nada, sin clases de alemán, cursos de escalada, tapas, partidos de pádel, amplia oferta cultural … y como el simple compartir, el respeto y el afecto, son lo verdaderamente importante.

Por otra parte, entristece ver como otras personas se aprovechan de las circunstancias difíciles y solo visualizan una oportunidad de negocio para enriquecerse sin ningún tipo escrúpulos ni empatía con el sufrimiento ajeno.

Estas dos realidades son como las dos caras de la moneda de la vida. Vivir en muchos de estos países me ha enseñado simplemente a saber “estar y ser” sin necesidad de mucho más, a frenar el impulso imparable del “hacer” y a relativizar y agradecer las circunstancias que me rodean. Al igual que a valorar las pequeñas cosas del día a día, que son las menos llamativas, pero más importantes en la propia maduración personal. Otra ventaja del viajar es la ventana de visión que el choque cultural nos otorga, la cual denomino “la mirada del marciano”, que te permite observar los acontecimientos como agente ajeno a lo que allí ocurre.

A diferencia de lo experimentado en otros países, mi paso por Chile me activo el sentimiento de querer rescatar los valores de nuestra propia ética Europea basada en derechos (educación, salud, respeto a pluralidad ideas, fraternidad, igualdad de oportunidades…) . Allí impera la conciencia del libre mercado en cualquier pequeño eslabón de la sociedad, independientemente de la clase social a la que pertenezcas o el dinero que poseas. Todo se traduce en valor económico, incluso la salud y educación que son considerados un negocio y no un derecho. Es sorprendente escuchar a una persona que debe mantener a su familia con 400 euros mensuales y jornada de 44 horas semanales, que se siente libre porque puede comprar lo que quiera gracias a las facilidades de pago en cuotas, incluida la cesta de la compra diaria del supermercado. Se equipara la “Libertad“ a las facilidades para comprar “libremente” lo que quiera, independientemente del modo de hacerlo y sus consecuencias. ¿Dónde están las ganas de constituir asociaciones y mejorar las condiciones de vida? ¿Dónde está la aspiración de libre pensamiento y respeto a diversidad cultural? Un conformismo, un pensamiento único, una falta de visión comunitaria, y una competitividad por los recursos a cualquier precio para mejorar la propia situación, sin tener en cuenta al resto. No existe prácticamente el empoderamiento comunitario, en favor de la lucha individual sin escrúpulos que permite la concepción de libre mercado económico, tapado falsamente por la doble moral en muchas ocasiones. No quiero decir que todo Chile sea así, tuve la suerte de conocer ambién lo que llamo “underground chileno”, que me devolvió la esperanza que otra forma de ver las cosas es posible, aunque aparentemente no lo parezca. Valoro las circunstancias y personas maravillosas que conocí y forman parte de mi vida. Para concluir, quiero señalar que a pesar de estas vivencias, es fácil caer en la cotidianeidad de nuestro mundo, en la vorágine del “hacer” sin parar orientados a cumplir objetivos, y en la anestesia del pasar del día a día. Me es difícil permanecer ajena a los nuevos valores promulgados por los “medios de comunicación” que van calando poco a poco en la sociedad y dentro de una misma. Ante esta situación el único reto que me planteo es la necesidad conocerse a uno mismo y desarrollar mecanismos de alerta, que nos permita tomar conciencia cuando nos invaden este tipo de pensamientos y sentimientos, para ser capaces de decidir libremente como vamos a actuar. Igualmente, de importante me parece aceptar los propios sentimientos aunque los consideremos negativos porque no los podemos evitar, pero si podemos controlar nuestros pensamientos y elegir las acciones vamos a desarrollar. Es tan sencillo como complicado de encontrar el equilibrio entre las diferentes fuerzas que nos asedian.

 

Así como perdonarse cuando no se consigue actuar siempre con la coherencia deseada.

Additional information