Soy consciente de que nuestra sociedad, lamentablemente en gran parte, no sabe vivir con poco y conformarse con lo que realmente necesita, sino que se “carga” de necesidades banales que a la postre saturan al individuo de desdichas y frustraciones. No seleccionamos nuestros propios objetivos, sino que anhelamos los deseos de otros si éstos son superiores, auto anulando nuestra propia voluntad, arrastrados, sin duda, por la sociedad que nos rodea.

 

         A nuestra sociedad le falta imaginación, todo se le da hecho, en un futuro (o ya presente) veo una humanidad como nunca antes de saludable y fuerte, pero totalmente insípida, como si fuese una especie de invernadero. Buscamos la exclusividad, a pesar de ser iguales, diferenciarnos de nuestros semejantes, a veces aislándonos, trabajando duramente para construir nuestra jaula de oro y encerrarnos en ella.

 

         En éste contexto, el mercado es necesario porque dota y reafirma la libertad del individuo, él es libre para elegir entre una gran oferta de productos y servicios, también aumenta su calidad de vida y mejora el confort, por ello trabajamos, para aumentar nuestro nivel de comodidades, a costa de nuestro tiempo y pensamientos. A veces parece que no nos acordamos de nuestra realización personal, entramos en esa vorágine consumista, retroalimentada por el exceso de publicidad, que sólo nos deja pensar en tener, no en encontrar nuestro ser.

 

         El dinero condiciona la solidaridad y puede anular la empatía, cambia el verdadero valor de las cosas para erigirse como el elemento más importante. La economía debe estar al servicio del hombre y no al revés, hemos de ver el concepto de empresa como un objetivo de vivir en bienestar, felices y verdaderamente satisfechos para conseguir la excelencia integral como personas y como trabajadores.

 

         El empresario ha de ver que la empresa es la vida en sí misma y que por lo tanto lo que cualquier empresario necesita es la visión de conseguir la superación en todas las facetas humanas y profesionales, una manera de mirar que incluya íntegramente sus necesidades como ser humano, la estrategia para satisfacerlas y la mejora continua de la calidad profesional y emocional de sus trabajadores. Ha de buscar el desarrollo moral y material del trabajador, ayudándole en sus problemas y motivándolo, haciéndole sentirse parte activa de la empresa. En el buen trabajador estará ver su oportunidad.

 

         En ésta línea, la equidad debe ser una referencia irrenunciable para la organización de la vida económica, a la vez, la competitividad no puede plantearse como un fin en sí mismo, sin valorar sus costes, al margen de la eficiencia social y ecológica. Todo esto necesario para conseguir un crecimiento sostenible global.

 

         La democracia y la transparencia son esenciales en una economía sana, viable y duradera, todos hemos de sentirnos parte de un sistema totalmente transparente, en el que podamos confiar.

 

         En cuanto a la globalización, no debe presentarse como una coartada para imponer cambios en las economías de los países, tanto de origen como de destino, ni para despistar a la economía al margen de la política y de los valores humanos.

         La sociedad actual sufre un materialismo que reduce el ser humano y la vida consciente a la mera producción y consumo de productos, además del enriquecimiento material. Si la actividad económica olvida que el fin último es la felicidad propia y ajena y el asegurarse de cubrir las necesidades básicas de las familias, se convierte en una máquina ciega que sólo conduce a la frustración.

 

         El objetivo de nuestros esfuerzos no debe ser el de obtener ingresos a cualquier precio, sino el de vivir en un estado de bienestar, felicidad y de satisfacción verdaderas tanto en el ámbito laboral como en el particular. La prosperidad no asegura la felicidad personal ni familiar, aunque sea un elemento importante.

 

         Siéntete, se consciente de lo que sientes, conócete a ti mismo y descubre tus verdaderas necesidades, que nadie te diga lo que tienes que querer.

 

Iker G.

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