La Masonería, dentro de sus rectos y elevados principios, tiene como objetivo tratar de mejorar la vida de las personas, buscando siempre convertir el mundo en un lugar mejor para todas las personas que en él habitamos. Ente proceso de perfeccionamiento individual y colectivo sólo puede llevarse a cabo bajo un paraguas de altos valores éticos y morales. En este sentido, el filósofo alemán Immanuel Kant fue el gran impulsor de un conjunto de teorías, desarrolladas en sus obras  Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Crítica de la razón práctica y Metafísica de las costumbres, basadas en la creencia de que la razón debería usarse para determinar cómo debería obrar una persona. Estas ideas, surgidas en el fervor de la Ilustración, derivarían más tarde en el imperativo categórico kantiano, recogido en la famosa frase: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza”, recogida en el primer libro de los anteriormente citados. Sin desechar para nada los principios kantianos, el estudio de la ética y la moral ha ido evolucionando y para entender el proceso de perfeccionamiento masónico quizá nos resulte más interesante la propuesta del psicólogo educativo Lawrence Kohlberg, que establece seis niveles de desarrollo moral del ser humano:

Aquel en el cual se cree que lo correcto es la obediencia y para evitar el castigo.

Aquel en el que el intercambio instrumental individual que satisface las necesidades de quien solicita y de quien da. 

- El que está basado en los intereses, es decir, en relaciones y conformidad en la reciprocidad humanas. 

-  Más tarde llegaríamos a la etapa del cumplimiento social y de mantenimiento de la conciencia. 

El nivel en el que se acatan los derechos primarios y el contrato social o de la utilidad, defendido ya durante la ilustración por Jean Jacques Rousseau.

Por último, como punto culmen de desarrollo moral, llegaríamos a la adquisición de principios éticos universales, que es al que todo buen masón debe aspirar en su recorrido vital trabajando junto a sus hermanos.

 

Pero tanto la propuesta kantiana como la de Kohlberg sustentan su base en lo que la filosofía ha denominado ética de la justicia, que trata de establecer como eje vertebral unas normas o principios universales. Frente a esta forma de entender la ética, la profesora de estudios de género de la Universidad de Harvard, Carol Gilligan, propuso en 1982 la idea de ética del cuidado, que reivindica la importancia de tener en cuenta la  diversidad, el contexto y la particularidad, esta concepción de la moral se preocupa por la actividad de dar cuidado, centra el desarrollo moral en torno al entendimiento de la  responsabilidad y las relaciones. Aunque se ha criticado la posición de algunas seguidoras de Gilligan, como Neil Noddings, para quien sólo tenemos deberes hacia las personas con quienes podemos establecer una relación personal, los Masones deben aspirar a que esta concepción moral se expanda entre todas las personas, independientemente de su origen y condición, mucho más allá de nuestros círculos próximos de relaciones. Durante un segundo, miraos los unos a los otros y pensad en lo diferentes que somos entre nosotros. ¿Es que acaso, hermanos, promover el  desarrollo de la empatía y la sensibilidad necesaria para comprender a la otra persona de forma concreta y desarrollar los principios de fraternidad universal que nos mueven?

 

Por supuesto, estos principios deberían regir en cualquier ámbito de la vida y, por supuesto, en relación a cualquier decisión política, reivindico desde aquí un especial énfasis en las políticas de Servicios Sociales, pilar básico en una sociedad del bienestar junto a los servicios sanitarios, los servicios educativos y las pensiones, hacia los cuales deberían permear estos principios. Si quiero incidir en las políticas de Servicios Sociales, especialmente, es porque creo que resulta necesario un cambio de paradigma en cuanto a la concepción que se tiene de estos, desde un punto de vista asistencial o caritativo, hacia uno más relacionado con la responsabilidad ética del bienestar de la gente. Al fin y al cabo, no deja de ser hacia una concepción más colectiva del bienestar humano, es decir, que si mi vecino vive bien, probablemente yo viva también mejor. No obstante, hay que decir que desde hace mucho tiempo una buena parte de las personas que trabajan en este ámbito persiguen estos principios en su día a día, a pesar de las trabas presupuestarias, políticas o del individualismo social que invade a muchas comunidades humanas. Los Servicios Sociales se dedican a prevenir, paliar o corregir desajustes entre lo que las personas son capaces de hacer autónomamente en la vida cotidiana y las redes familiares o comunitarias a las que pertenecen y que les dan apoyo, por lo que la ética del cuidado se presenta como un principio rector muy adecuado a la causa por la que se supone que deberían trabajar.

 

Aunque está en horas bajas pese a su reactivación tras las movilizaciones del 15M, en España, la iniciativa social siempre ha sido un referente en la creación de apoyos y redes dedicadas a la prestación de servicios sociales desde sectores voluntarios y no lucrativos. En las últimas décadas son cada vez más importantes los sistemas públicos de servicios sociales y los Estados, acorde a esos principios de responsabilidad y diversidad que se derivan de la propuesta sobre la ética del cuidado, tienen el deber de satisfacer las necesidades de sus ciudadanos. Alison Jaggar, por ejemplo, opina que la atención a la particularidad de carencias en diversos casos desvía la atención de los rasgos generales que permiten analizar el origen de las mismas, pero en profesiones como trabajo social interviene precisamente la capacidad de observar a los individuos,  grupos, familias y comunidades a las que acompaña, desde una mirada holística, para atender a sus necesidades y a la vez tratar de entender el origen estructural de su situación. Desde este punto de vista y en concordancia con sus principios, la masonería debe evitar  construir en torno a las personas, grupos o estados y, especialmente en los ámbitos que tengan que ver con Servicios Sociales, discursos en los que se identifiquen víctimas y benefactores. En este sentido, la ética del cuidado nos da pistas sobre la naturaleza moral de las decisiones políticas, sobre todo en ámbitos tan sensibles como los de Servicios Sociales.

 

Por lo tanto, la ética del cuidado propone preocuparse por otras personas, cuidarlas, es decir, recibir y dar cuidado, valores grabados a fuego en los principios masónicos. El cuidado, en definitiva, puede entenderse de forma que recoja todo lo que hacemos para mantener,  reproducir y reparar nuestro mundo para que podamos vivir en él de la mejor manera posible. ¿Y acaso no es esta la máxima aspiración de la masonería universal?

 

Urko Del Campo Arnaudas

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