La implicación de la Masonería en las Revoluciones americana y francesa de fines del siglo XVIII.

Ya pocos dudan de que la Revolución Francesa o la guerra de la Independencia de los Estados Unidos estuvieran alentadas por los principios masónicos de Libertad, Igualdad y Fraternidad. De hecho, está sobradamente probado por la mayoría de los historiadores, masones o no, que la masonería impulso los ideales de republicanismo estadounidense y los empapó de tal manera que resultaban prácticamente indistinguibles de los masónicos.

Un dato a tomar en consideración, y que explica en gran medida esa dialéctica masonería-revolución, es la relación existente entre logias francesas y americanas de uno y otro lado del Atlántico.

La Revolución americana se adelantó en una década a la francesa, prefigurándola en cierto modo. Sus más conspicuos dirigentes estaban claramente inspirados en su ideología anticolonialista por valores de raíz masónica. Los padres de la patria estadounidense, como Benjamín Franklin,Thomas Paine, Thomas Jefferson o Washington poseían un bagaje ideológico próximo a la masonería, si no propiamente masónico. De hecho, tanto Washington como Franklin eran francmasones; el primero, iniciado en 1752 en Fredericksburg (Virginia), y el segundo en 1731 en la Logia de San Juan de Filadelfia. Y precisamente Franklin el autor del primer artículo del contenido masónico del que se tiene constancia que fuera editado en EE.UU.

En 1777, el Congreso Americano, del que Franklin era uno de los miembros más relevantes, acordó enviarle a Francia con la misión de recabar ayuda en la guerra contra los británicos. Se precisaba apoyo militar y económico y Franklin era el embajador perfecto; un hombre famoso a ambos lados del Atlántico por su actividad diplomática y científica.

Cuando llego a Francia en la Navidad de aquel año fue recibido con los brazos abiertos por la aristocracia gala, y muy especialmente por sus hermanos francmasones. A ojos de los franceses ilustrados, sobre todo por aquellos que comulgaban con el ideario roussoniano, Franklin encarnaba muchas de las virtudes del “buen salvaje” y representaba la “aristocracia sin aristócratas” del Nuevo Mundo.

El entusiasmo por su persona era de tal calibre que provocó una especie de adoración. Gracias a la notable simpatía que despertaba el enviado de la joven república americana, se firmaron tratados por los que Francia se comprometía a prestar apoyo económico y bélico a la lucha anticolonial. Y es que los EE.UU. explotaron sabiamente la eterna rivalidad francobritánica.

Entre homenaje y homenaje, Franklin se incorporó como miembro de pleno derecho a la logia “ Las Nueve Hermanas” (por las nueve musas), un Taller masónico fundado en 1776 por el astrónomo Lalande y L¨ Abbé Cordier de Saint Fermín (quien actuó como padrino de Voltaire el día de su iniciación en los misterios masónicos.
“ Las Nueve Hermanas” era directa sucesora de una logia procedente llamada “Les Sciences” que Lalande había impulsado en 1776 junto al filósofo Claude Helvetius (bien conocido por su ateísmo anticlerical y sus conocimientos científicos). Las ideas políticas y filosóficas de Helvetius en 1775, su esposa, AnnE Catherine, se sumó a Lalande y Saint Fermín para levantar columnas de la que sería la logia “Las Nueve Hermanas”. Pero tan importante como esta logia era el domicilio de Helvetius, ubicado en la Rue de Saint Anne de París, frecuentado durante años por los ilustrados europeos y conocido como la “Sinagoga…” durante su estancia parisina, como lo fue igualmente el Marqués de Lafayette (también francmasón).

El aprecio y cariño que despertó Franklin fue tal, que nadie presento objeción alguna a su nombramiento como Venerable Maestro de “ Las Nueve Hermanas”. En 1778 presidió la iniciación de un Voltaire que contaba con 84 años de edad (el anciano y achacoso adalid del librepensamiento fue sostenido durante la ceremonia en los brazos de Franklin y Court de Gebelin, diseñador del moderno tarot esotérico).

Entre los varios cometidos que desarrollo Franklin durante su estancia francesa estuvo la captación de jóvenes militantes que simpatizaran con la lucha contra los británicos. Este era el caso de Lafayette, joven oficial de 19 años de edad, quien tras ser contactado por Franklin, se decidió a cruzar el Atlántico y servir a las ordenes de Washington. Las logias y salones ilustrados de la Francia de aquellos años se convirtieron en cajas de reclutamiento de solidarios con su causa americana.

Otro miembro de “Las Nueve hermanas” (si bien no existen pruebas documentales, sino testimonios de segunda mano) fue el revolucionario Dantón, quien fuera fundador del Club de los Cordeliers, también conocido como la Sociedad de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Dantón fue un personaje clave en el desarrollo de la Revolución. A él se debe la consigna de “¡Audacia, siempre audacia!”, síntesis del espíritu que animó a los protagonistas del estallido revolucionario.

En mayor o menor medida la obra de Rousseau “El Contrato Social” influyó en los actos y las ideas de los revolucionarios franceses y americanos. En esta obra se sostenía que el poder en la sociedad estaba fundado en un pacto mediante el cual los hombres habían hecho renuncia de su libertad natural, para asegurarse la libertad civil. La soberanía no residía en un monarca aureolado de un poder consagrado por la divinidad, sino en la ciudadanía. Esta afirmación de la libertad de los ciudadanos tiene un claro correlato con lo defendido por la Masonería desde la lejana Edad Media . En el “Contrato Social” roussioniano se alaban las virtudes de la Igualdad social y se fundamenta claramente la Declaración de los Derechos del Hombre; heredera directa, por cierto, de la Declaración de Independencia americana.

Rousseeau no era masón (es más, no se le conoce ninguna expresión de simpatía por la Masonería), pero los masones franceses hicieron suyas la mayoría de sus ideas filosóficas y políticas. No es de extrañar que una de las logias más influyentes aquellos días, la logia “El Contrato Social” fuera llamada así en honor del filósofo ginebrino. De hecho, si hubiera que nombrar dos logias prerrevolucionarias, cuya influencia fuera determinante en los acontecimientos de 1789, estas logias serían “ Las Nueve Hermanas” y el “Contrato Social”. Ambas se fundaron en París en 1776 contando con la presencia de la élite de la nobleza liberal, los militares e intelectuales ilustrados.

La consonancia existente entre la revolución americana y la francesa fue mucha, a pesar de la década transcurrida entre ambas. Como ya hemos señalado, la lucha contra los británicos despertó las simpatías de muchos militares franceses, entre los que se encontraba Lafayette.

Miembro de la antigua nobleza, Lafayette se mostro entusiasmado por cuanto estaba ocurriendo en las Colonias inglesas de Norteamérica, llegando a emplear su fortuna personal para la compra de un barco, “La Victoire”, con el que emprender la travesía atlántica. Tras un afortunado viaje, el joven aristócrata y los suyos llegaron a su destino, Yorktown, en junio de 1777.

Washintong sintió desde el primer momento una profunda amistad y admiración por Lafayette, que resultaba lógica considerando que el joven oficial francés participo junto al futuro presidente americano en las batallas más importantes. En una de ellas, la del río Brandywyre cayó herido (afortunadamente de escasa gravedad). Aquella herida no hizo sino aumentar su fama de hombre arrojado y valiente; conocido el incidente fue aclamado a un lado y otro del Océano como “héroe de los mundos”.

La fama de Lafayette se mantuvo a lo largo de los años en aquella tierra de acogida. Hoy existen más de 400 lugares en los EE.UU. que llevan su nombre. Cuando en 1824, convertido ya en un venerable anciano que ostentaba el grado 33 de la Francmasonería, regresó a América, fue recibido con enorme alegría y nombrado héroe nacional.

Existe una hermosa anécdota, atribuida a Washington, que dice mucho del profundo democraticismo que impregnaba las logias, más aun las americanas, que no estaban contaminadas del aristocratismo europeo. La anécdota en cuestión recuerda la manera en que Washington saludaba a su jardinero: “Buenas tardes, Venerable Maestro”. Y es que el empleado del primer presidente americano había ocupado el trono de Salomón el día en que Washington se iniciara en los Misterios de la Francmasonería.

 

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