Wolfgang Amadeus Mozart.

Artículo publicado en El País, en el año 2009.

Anochecida la jornada del 14 de diciembre de 1784 un hombre aún joven, de mediana estatura y ataviado con cuidados ropajes propios de clase acomodada, llamó al portal de un edificio de la vienesa calle Spiegelgasse. Comprobada su identidad a través de una mirilla, el umbral le fue franqueado y, de inmediato, unas manos surgidas de la nada cegaron sus ojos con una espesa venda dejándolo sumido en la más completa oscuridad. De tal guisa y ayudado por quien sujetaba firmemente su antebrazo, fue conducido por una empinada escalera descendente seguida de un largo pasadizo hasta un lugar donde, librado de la venda, se halló en un angosto espacio de muros, techo y pavimento completamente negros y mobiliario reducido a un taburete de madera y una mesa donde una vela de llama mortecina iluminaba una solitaria calavera. Su guía le indicó con la mano el taburete. “Ahora vais a ser abandonado a vuestra suerte, en la soledad y el silencio de este lugar perdido en el mismo vientre de la tierra, con la sola compañía de esa calavera. Meditad sobre vuestra existencia y, muy en particular, sobre la decisión que habéis tomado de solicitar el ingreso en nuestra Orden”. Y advirtiéndole de que “esta prueba, llamada por los antiguos iniciados la prueba de la tierra, es la primera de una larga serie que sufriréis a lo largo de la noche” se fue cerrando la puerta tras de sí.

 

Durante la hora larga que permaneció recluido allí en medio de un silencio sepulcral, aquel hombre debió reflexionar sobre su vida preguntándose cuestiones de las que no a quedado constancia en parte alguna. Pero es seguro que una de ellas debió rondarle el magín con insistencia: ¿Qué había ocurrido para que un músico famoso como él, agasajado por multitud de reyes y notables desde niño, hubiera ido perdiendo apoyos y amistades hasta el punto de buscar desesperadamente comprensión, fraternidad y afecto en una logia de masones a los que apenas conocía?.

 

Johannes Chrysóstomus Wolfgangus Theophilus Mozart, conocido más tarde por propia voluntad como Wolfgang Amadeus Mozart (Amadeus: “Que ama a Dios”), vio la luz el 27 de enero de 1756 en la ciudad austriaca de Salzburgo en el seno de una familia de siete hijos de los que sobrevivieron sólo él y una hermana, María Anna. Su padre, Leopold Mozart, músico al servicio del príncipe arzobispo de Salzburgo, le inició desde muy pronto en los secretos del clave y el violín consiguiendo que, a los cuatro años, su hijo compusiera canciones y minuetos de gran dificultad y poco después, cumplidos los seis, improvisara hermosísimas frases musicales y memorizara a primera vista partituras que más tarde reproducía sin errar ni una nota.

 

Su padre, hombre de fuertes convicciones religiosas, convencido de que el don de su hijo expresaba una voluntad divina que tenía la obligación de cultivar, abandonó sus clases de profesor de música y las tareas de compositor y escritor que lo habían hecho famoso, para dedicarse a la educación musical y humana de su hijo.

 

Fue por entonces cuando Leopold decidió exhibir al niño en una trepidante tournée por toda Europa. Algunos opinan que el padre quiso compartir con el mundo el milagroso talento de su hijo. Otros creen que en realidad obtenía jugosos beneficios explotándolo. En cualquier caso, la figura autoritaria y opresiva de su padre marcó para bien y para mal al joven genio, procurándole un brillante futuro y mucha fama al precio de enormes sacrificios más propios de un adulto que de un niño.

 

Durante aquella larguísima tournée de cinco años, el joven Mozart mostró su destreza ante el emperador alemán Maximiliano, la real familia austriaca, Luis XIV y la nobleza de Versalles, Jorge III de Inglaterra, y muchos otros reyes, príncipes y nobles europeos. En Holanda, dejó boquiabierto a todo el mundo ejecutando con pericia complicadas partituras en el órgano más grande y más complejo existente por entonces.

 

En 1766 los Mozart regresaron a Salzburgo donde Wolfgang, bajo la estrecha vigilancia de su padre, se dedicó exclusivamente a componer. Tras el triunfo de La finta semplice, ópera bufa compuesta para el rey José II, comenzaron las intrigas y difamaciones contra aquel joven que amenazaba la plácida estabilidad del mundillo cortesano musical, llegando a circular el bulo de que el compositor de aquellas músicas sublimes no era él sino su padre. A los trece años, Wolfgang ganó la plaza de maestro de conciertos en Salzburgo, todo un honor y una excepción al habitual y fatigoso escalafón de los músicos de la época.

 

Fallecido el príncipe arzobispo Schrattenbach, que concedía a Mozart buenas dosis de la libertad que su talento reclamaba, éste presentó su acatamiento a Colloredo, el nuevo y autoritario príncipe arzobispo que confirmó, sí, al compositor en su puesto de maestro de conciertos, pero haciéndole notar que no era más que cualquier otro artesano a su servicio obligado a cumplir horarios y caprichos a su antojo.

 

Es a este punto donde parece nacer el conflicto que irá enquistándose en el espíritu de Mozart: la contradicción entre el impulso irresistible hacia la plena libertad creativa de un hombre ya configurado mentalmente como artista moderno, y las inercias, reglas y costumbres aún vigentes que lo sujetan a la condición estrecha y limitada del artesano cortesano. Es probable que ahí surja en Mozart lo que Elias, en su Sociología de un genio, define como “posible personalidad maníaco-depresiva con rasgos paranoides”, diagnóstico acertado en cuanto Mozart, en efecto, manifiesta ciertos síntomas acordes a ese perfil. Pero más que ser, Mozart parece estar paranoico. Y muy justificadamente, en mi opinión.

 

A lo largo de esos años de intensa creación musical, Wolfgang sufre los efectos de una paradoja irresoluble: cuanto más parabienes obtiene de los nobles vieneses –objetivo al que se dedica con ahínco- más prisionero está de sus gustos limitados y, por lo tanto, más lejano de la libertad creativa que tanto necesita. Para colmo, Wolfgang, hombre franco, directo y nada alambicado, no se priva de manifestar sin sutilezas su rechazo al estilo cortesano que cultiva como virtud la hipocresía. Además, su infatigable dedicación al trabajo es la antítesis de la holgazanería que distingue en general a los que mantienen cogida por el mango la sartén de su propio destino como artista. Un drama sin posible solución… a menos de renunciar, o bien al reconocimiento social, o bien al impulso de libertad creativa que ese reconocimiento coarta y frena.

 

Ya por entonces la otrora pujante aristocracia está dejando de ser motor social. Luis XIV traslada su corte al palacio de Versalles, congrega allí a los príncipes de la Francia fragmentada en incontables señoríos, y los entretiene en insustanciales ritos cortesanos para que descuiden sus haciendas y dejen vía libre al ambicioso proyecto del Rey Sol. Nunca un rey desactivó con tanta astucia a la multitud de provincianos poderosos que obstaculizaban su objetivo absolutista.

 

Wolfgang vive esa época-bisagra como músico burgués cuyo sustento depende de una aristocracia que le hace sentir día tras día que él no es uno de ellos. Su enorme talento parece salvarle de la carcoma del resentimiento, pero saberse genial y extraordinario –él tenía un juicio clarísimo al respecto- y humillarse ante quienes ostentan su superioridad en el dinero y el poder, es algo difícil de aceptar sin quedar marcado para siempre. 

 

Si bien la sociedad austriaca mantenía una relativa estabilidad, cuando Wolfgang muere en Viena el 5 de diciembre de 1791 la Bastilla ha sido asaltada y el triunfo del Nuevo Régimen revoluciona el perfil de la siempre difícil relación entre la pulsión creativa del artista y el gusto de su tiempo. De haber nacido veinte años más tarde, Wolfgang habría disfrutado de una realidad más favorable a su espíritu libre y sus necesidades creativas. Pero no fue así, y la amargura y el desánimo lo llevó poco a poco a la desesperación y, probablemente, a la muerte prematura. 

 

Como escribe Elias, “La vida de Mozart ilustra de forma sobrecogedora la situación de una burguesía dominada por la nobleza cortesana, en tiempos donde ésta la aventajaba todavía mucho en cuanto a poder, pero ya no tanto como para atajar por completo las manifestaciones de protesta, al menos las del ámbito cultural, políticamente menos peligrosas. Mozart, como elemento marginal burgués al servicio de la corte, libró con un coraje sorprendente una dura batalla por su libertad contra sus patronos aristócratas y los que le encargaban sus obras. Lo hizo por su cuenta, por su dignidad personal y por su trabajo con la música. Y perdió la batalla”.

 

Como le sucederá después a Goya, Mozart sabe que su talento, en libertad, es más fecundo. Un dilema que en hombres de gran fuerza creadora crea contradicciones de difícil solución. Pero Goya era muy astuto mientras Mozart, más infantil en su acepción ingenua y fresca, carecía de recursos para enfrentar el poder demoledor de las insidias.

 

Mas retornemos al remedo de tumba donde Wolfgang aguarda el regreso del masón que lo ha dejado meditando. La vela está a punto de extinguirse, la calavera acentúa su sonrisa con los vaivenes de la llama, y la respiración del músico se hace cada vez más apremiante a medida que el aire se espesa y enrarece.

 

Por fin se abre la puerta y aparece el maestro experto que da comienzo al ritual de iniciación: anuda a Mozart una robusta soga alrededor del cuello, venda sus ojos, descalza su pie izquierdo, sube su pantalón hasta dejar la rodilla derecha descubierta y hace lo mismo con el brazo y pecho izquierdos.

 

Sostenido por mano firme, Wolfgang recorre pasillos y escaleras. Huele a cera. Su guía golpea una puerta. Murmullos apagados. La puerta se entreabre. Una voz fuerte exclama -¿Quién se atreve a interrumpir nuestros trabajos? El maestro experto que ha conducido a Mozart hasta allí dice: -traigo a un profano que viene aquí por propia y libre voluntad y pide ser admitido en los misterios de la Francmasonería. Desde el interior se oye otra voz: –Hermanos: los escrutinios han sido favorables; el postulante que se encuentra a la puerta del templo ha sufrido la prueba de la tierra y está preparado para su recepción. ¿Alguno se opone a que sea introducido? Breve pausa. Silencio. La voz exclama: -Hermano experto, no habiendo oposición, introducid al postulante en este templo.

 

Surgido del oficio de los constructores de templos desde tiempos remotos, el gremio de obreros francmasones obtuvo especial reconocimiento durante el periodo medieval, cuando las catedrales alcanzaron cotas de belleza, grandiosidad y solidez incomparables. El estudio de los métodos constructivos de la época, de las herramientas disponibles y de la complejidad de las tensiones y equilibrios puestos en juego, produce admiración. Esos hombres, capaces de elevar pesadas piedras talladas con precisión de relojero para encajarlas en columnas, arcos y bóvedas que aún hoy plantean notable dificultad de construcción, organizaron un sistema de convivencia entre ellos, tanto en el trabajo como en la vida cotidiana, solidario y fraternal. En el seno de las logias surgen las primeras escuelas para obreros, el primer sistema regulado de seguridad social y un procedimiento eficaz de promoción que aseguraba el progreso a los mejores.

 

No es de extrañar que esos albañiles gozaran de predicamento y respeto por parte de los estamentos sociales. Los espacios cubiertos dedicados a las necesidades colectivas de la “polis” –refugio, encuentro, reflexión, culto y oración- fueron siempre tan importantes como el calor de la fogata o la comida. Ya desde su origen, la relevancia del espacio colectivo se aprecia en esos dólmenes prehistóricos cuyo techado es una inmensa piedra que supera las necesidades funcionales para alcanzar cotas simbólicas complejas.

 

Que esos constructores medievales, además de dominar el arte de edificar descomunales catedrales, conocieran la profunda cultura esotérica que subyace en todas ellas; desde su orientación respecto a los puntos cardinales hasta la proporción áurea de cada elemento constructivo, pasando por la deformación calculada de algunos de ellos para obtener esa perspectiva final integradora que es expresión sublime de la armonía entre el ser humano y el misterioso universo en el que habita, es estremecedor. Ninguna obra humana anterior a la revolución industrial había conocido un fenómeno de inteligencia aplicada mejor articulada en los dos planos primordiales, el industrial y el cultural.   

 

Pero los masones no podían escapar a las leyes sociales de la oferta y la demanda dentro del mercado de la vida, así que aquellos albañiles dedicados a erigir templos a mayor gloria de Dios debían proteger sus conocimientos para adquirir y mantener poder frente a otras logias. Los concursos públicos se ganaban con mayores garantías constructivas, bóvedas más altas y más anchas, hermosos acabados… y precios más competitivos. Por eso el albañil novato debía juramentarse y prometer secreto sobre los conocimientos que iba a adquirir durante el desempeño del oficio. Una fuga de datos podía significar perder la exclusiva de una importante receta constructiva y, a consecuencia de ello, perder oportunidades de trabajo y de sustento para cientos de obreros y familias. En esas condiciones, la fortaleza del vínculo secreto es primordial.

 

Por otra parte, el desafío técnico de una edificación de tales dimensiones implicaba crear procedimientos de promoción acordes al imperativo de máxima eficacia. El nivel de responsabilidad de cada uno exigía una correlación justa y perfecta respecto a su conocimiento real. De ahí la escala de grados sucesivos que abarcaban desde el aprendiz hasta el maestro. Era impensable, por ejemplo, que un miembro de una logia alcanzara el grado de maestro especialista en arcos sin estar acreditada a suficiencia su capacidad para esa específica tarea. Debía ser el mejor de todos los disponibles para el cargo, y así lo era en efecto. Un fallo en el encaje de una dovela de arco, cuando las fuerzas y tensiones del conjunto empiezan a trabajar a fondo, puede desembocar en la imparable y gradual deformación del edificio o en su derrumbamiento.

 

Una catedral es una compleja telaraña: un fallo puede desestabilizar todo el conjunto. Cada obrero en su responsabilidad, por mínima que sea, cuenta por igual a ese respecto. Esta realidad impone una cuestión: ¿Cómo conseguir tan alto grado de responsabilidad en todos y cada uno de los obreros de una logia, desde el arquitecto hasta el picapedrero más humilde?. Sólo hay una respuesta: haciéndole partícipe del sentido general de la obra a la que él contribuye con sus conocimientos y su esfuerzo. Es decir, educación y cultura por igual para el picapedrero, el tallador, el maestro de columnas o el arquitecto.

 

Fue por ese imperativo de férreas exigencias como esa organización de constructores llegó a ser algo mucho más complejo que un oficio. La Masonería Operativa –así viene llamada aquella fase histórica de edificación de templos reales, es decir, templos de piedra- generó una cultura peculiar, diferente y avanzada para su época, que podría definirse premoderna en cuanto configuraba ya ciertos aspectos de un modelo social más humanista y democrático. Hablamos de cultura general para todos, de relaciones interpersonales paritarias de respeto más allá del nivel económico ostentado, de justa promoción basada en competencias demostradas, de fondos de seguridad social para familias de obreros enfermos, muertos o mutilados. Y hablamos de todo esto en un tiempo de siervos, de señores feudales, de inmensas distancias sociales entre clases…

 

Periclitado el tiempo de las soberbias catedrales y transferida la enseñanza del Arte Real (así llaman los masones a su arte) a la universidad, comenzó por fuerza de los hechos la lenta decadencia del gremio masón operativo. Sobrevivió, sí, el oficio técnico que se enseña en las modernas escuelas de arquitectura, pero no la cultura humana asociativa que se enseñaba y practicaba en la vida cotidiana de las logias. De haber continuado por entonces fiel a las tradiciones ligadas a su origen constructivo, ese importante aspecto de la masonería hubiera desaparecido irremediablemente.

 

Pero exactamente cuarenta años antes del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart, tuvo lugar un acontecimiento en Inglaterra que cambió el curso de la masonería.

 

En 1714 el reverendo James Anderson, pastor presbiteriano que oficiaba de capellán en la logia operativa londinense Saint Paul, bajo cuya dirección se construía la catedral del mismo nombre, introdujo innovaciones en las estrictas reglas y costumbres de la logia. Una de ellas, que implicaba un cambio conceptual de gran calado, alarmó a los albañiles de la logia: la admisión de miembros de otros gremios diferentes al de la construcción. En 1715, Anderson y siete miembros más de la Saint Paul fueron expulsados del gremio Operativo. Anderson no se amilanó y fundó una logia cismática cuyos reglamentos, aún conservando el espíritu de la masonería operativa, introducían cambios de gran fuste.

 

Fue así como nació la primera logia especulativa de la historia, cuyo objetivo ya no era edificar templos de piedra, sino pensar, filosofar, especular en torno al templo ideal, metáfora constructiva del templo operativo. Ese pronunciamiento herético y cismático dio lugar a las llamadas “Constituciones de Anderson”, que constituyen desde entonces obligado reglamento para casi toda la masonería contemporánea.

 

La herejía de Londres insufló nueva vida a la Orden. La reunión de la elite intelectual en torno a las tradiciones cooperativistas medievales y los ritos iniciáticos provenientes de Oriente y del antiguo Egipto, colocó la masonería en vanguardia de las ideas humanistas del Siglo de las Luces. La reunión de los oficios liberales de la pujante burguesía en el ámbito fraternal y ordenado de la logia, facilitó el debate que generó, por una parte, el cuestionamiento del Antiguo Régimen monárquico, incapaz de gestionar las fuerzas emergentes de la Modernidad y, por la otra, de articular nuevos códigos constitucionales que fundamentaron los actuales Estados de Derecho. El marco convivencial creado por los operativos resultó ser una plataforma muy útil para cultivar y ejercer la mediación en convulsos tiempos de guerras religiosas y feroces disputas de poder en toda Europa.

 

La masonería especulativa desarrolló diferencias apreciables en sus diferentes versiones europeas y americanas, ámbitos donde inicialmente creció y se consolidó con rapidez. La masonería inglesa, exclusivamente masculina como exige el texto de Anderson, tuvo desde el principio fuertes connotaciones religiosas, acogiéndose al Gran Arquitecto del Universo y utilizando la Biblia como libro de la ley sagrada para presidir los trabajos rituales de las logias. En Francia se desarrolló una versión de perfil laico, más ajustada a las características del terremoto social que desembocó en la revolución republicana, que incluyó a mujeres ilustradas de la alta burguesía y de la aristocracia. En Italia, Garibaldi imprimió a la masonería un perfil social de carácter obrerista que durante el régimen fascista popular de Mussolini la sumió en una crisis cuyas trazas perduran aún hoy día.

 

En Austria la masonería especulativa, católica e inglesa, fundó su primera logia en 1742 reuniendo a nobles y burgueses por igual. Su objetivo progresista y fraternal complació a Mozart, como acredita la letra de sus composiciones musicales expresamente creadas para el ritual masónico impregnadas de altruismo, de espíritu fraternal fresco y sencillo. Para Wolfgang Amadeus, la masonería debió constituir su último refugio, un remanso de paz y armonía muy acorde a su personalidad idealista, amable, crédula y honrada.

 

Un acuario genial, sencillo y vulnerable, es presa perfecta de conspiradores envidiosos. El talento, la generosidad y la ingenuidad de Mozart debió de generar a sus espaldas una multitud de damnificados por contraste, es decir, de mediocres soliviantados ante la grandeza de un genial compositor que era además buena persona. Por eso, en el pacífico espacio de la logia, resguardado de conspiraciones y apuñalamientos traicioneros, Wolfgang debió hallar notable alivio a su tristeza, soledad y desencanto.

 

Las incorporaciones de su padre y de su gran amigo Haydn a la masonería, debidas en gran parte al entusiasmo del propio Wolfgang, confirman que éste halló dentro de la Orden aquello que esperaba. Para la iniciación de Haydn, Mozart, a punto de acceder al grado de maestro, dedicó a su amigo los fastuosos Seis cuartetos de cuerda.

 

En Masonería se cumple al extremo el postulado de que el fin viene configurado por los medios. Cuando la herramienta intelectual de aproximación a la realidad se basa en la lectura e interpretación de sus valores simbólicos, ningún aspecto de esa realidad es banal; todo adquiere valor y sentido: el gesto, la intención, la palabra, el trabajo, el espacio ritual… y la relación indisociable, a todos los niveles, entre ética y estética.
 
La música, una de las siete artes liberales, se utiliza ritualmente desde tiempos remotos para concitar emociones y deleite. En masonería, la música es uno de los elementos principales del ritual, pues, además de su capacidad evocativa, simboliza la armonía del mundo y especialmente la que debería existir entre todos los masones de la Tierra. De acuerdo a la tradición masónica, la música es vehículo y a la vez construcción de carácter iniciático, pues mientras los sonidos desordenados representan simbólicamente al pedrusco sin desbastar -llamado en masonería piedra bruta- la música, configurada en notas, representa la piedra trabajada cuyo ensamblaje crea arquitecturas de armonías.

 

Desde el punto de vista analógico, se establecen tres niveles de relación entre música y masonería. El primero, relativo a la semejanza entre los tres elementos necesarios para pulir la piedra bruta y para perfilar en notas los sonidos: la Fuerza, equivalente a la Densidad; la Sabiduría, equivalente al Tempo; y la Belleza, equivalente a la Frecuencia.

 

El segundo nivel se refiere al ensamblaje de la obra mediante tres etapas: el Silencio o pausa musical, representado en masonería por el Aprendiz, cuya tarea es cultivar el silencio; el Sonido de la nota, representado en masonería por el Compañero, cuya tarea es despertar su conciencia; y la Melodía musical, correspondiente al grado de Maestro, que organiza y dirige la arquitectura del conjunto.

 

El tercer y último nivel analógico se refiere al método que siguen masones y músicos para alcanzar la maestría de su oficio: el Aprendiz masón aprende a descodificar los símbolos del arte de construir así como el musical aprende a descodificar la escritura musical; el Compañero masón aprende a interpretar los signos y valores específicos de las técnicas que permiten construir, así como el musical aprende la ejecución del canto, de los estilos y de la polifonía; el Maestro masón aprende a configurar y dirigir la obra en su conjunto así como el musical aprende a interpretar en plenitud la partitura.

 

En la masonería operativa sólo había canto. Con la especulativa se forman los primeros conjuntos de voces e instrumentos reunidos en la Columna de Armonía de la logia. A tal punto adquirió importancia la música en iniciaciones, pases de grado, tenidas, banquetes rituales y ceremonias fúnebres, que las logias se disputaban a los músicos notables. La obra de Wolfgang convirtió los rituales de su logia en maravillas de ritmo y armonía.

 

La primera música que Mozart compuso para el ritual masónico fue la cantata “A ti, alma del Universo, Oh Sol” (KV 429) interpretada por primera vez en ocasión de su propia iniciación. Teniendo en cuenta el texto del aria del tenor, que invoca al sol y a la luz, sus primeros acordes debieron sonar en el momento culminante del levantamiento de la venda, cuando el iniciado recibe la luz simbólica y las espadas de los presentes apuntan a su corazón para advertirle de que, en la lealtad, todos a una irán con él, pero que en la traición, todos a una apuntarán contra él. Esta cantata viene frecuentemente utilizada durante el ágape ritual de San Juan que celebra la luminosa llegada del verano:

 

El alma del Universo. KV 429/468 a

Coro   

 

A ti, alma del universo, ¡Oh sol!
dedicamos el primero de los cantos festivos.
¡Oh Poderoso, Poderoso! sin ti no vivimos.
De ti viene la fertilidad, el calor y la luz.

Tenor   Te agradecemos la alegría
de poder volver a ver la Tierra en primavera…

 

- A juzgar por su título, la siguiente cantata parece compuesta para igual ocasión:

 

Canto al honor para la Logia de San Juan. KV 148/125 h

Voz y piano  

 

¡Oh lazo de la amistad; hermanos fieles!
A la gloria de la más alta felicidad.
Ajeno a la fe, pero jamás opuesto a ella.
Conocido del mundo, pero rico en secretos.

¡Oh orden santo! ¡Oh orden tres veces mayor!
que provoca a los Sabios y a los Príncipes,
contigo nuestro tiempo se nos convierte en oro,
tan hermoso como jamás un cuento podría haberlo inventado. 

Por ello, masones, cantad; dejad oír hoy a la Tierra entera,
que este día, al que dedicamos esta canción
día magnífico, gran día de honor,
es una gran fiesta de fidelidad y de unidad…

Ya sin la venda, Wolfgang Amadeus debió recibir su primera instrucción en medio del silencio y la atenta mirada de los hermanos de su logia. Y cuando, por fin, el hermano experto dirigió la mirada hacia el oriente y dijo: -Venerable maestro, la instrucción del hermano aprendiz ha terminado, todos se reunieron en el centro del templo y con las manos entrelazadas dieron la bienvenida en la Cadena de Unión al nuevo miembro:

 

Canto de masones. KV 623 ª

 

Terminemos, hermanos, el trabajo
con las manos entrelazadas de júbilo,
y que esta cadena rodee
no sólo este santo lugar,
sino la Tierra entera.

Dejadnos cantar alegremente
dando las gracias al creador
cuyo poder absoluto nos deleita.
Ved que los trabajos hayan concluido.
Y ojalá que hubiera concluido también
la labor que ordena nuestro corazón.

 

Poco más tarde, una vez circulado el legendario saco que recoge el óbolo de todos los hermanos presentes y cumplida la pregunta de rigor: -¿Algún hermano solicita para sí o para algún necesitado el Tronco de la Viuda?, el Venerable Maestro iniciaría la última parte del ritual clausurando los trabajos:

 

Vosotros nuestros nuevos guías. KV 484

 

Solo   A vosotros, nuestros guías,
agradecemos vuestra lealtad.
Guiadnos por la senda de la virtud,
para que cada uno alegre la cadena
que le vincula a hombres mejores,
suavizándole el cáliz de la vida.

Coro a  Con nuestro santo juramento,
tres voces  juramos también nosotros
y órgano  colaborar, como vosotros,
en construir el gran Templo.

Solo   Volamos en alas de la verdad,
más alto, al trono de la verdad,
para conquistar su santuario,
mostrarnos dignos de su corona,
y siendo bondadosos ahuyentar
la envidia de los profanos.

 

Coro a tres Con nuestro santo juramento

 

La siguiente composición, animada de un idealismo sublime, festeja la inauguración de un nuevo templo masónico:

 

Pequeña cantata de Masones. KV 623

(para dos tenores, bajo, coro y orquesta)

 

Coro   Proclama en alta voz nuestra alegría
el sonido de los instrumentos.
Que el corazón de cada hermano
perciba la fuerza de estos muros.

Solo   Porque consagramos hoy este lugar,
con la cadena de oro fraternal
y la verdadera unión de corazones
como nuestro templo.

Coro   Proclama en alta voz nuestra alegría ....

Tenor   Por primera vez, honorables hermanos
esta nueva sede de sabiduría y virtud nos alberga.
Consagremos este lugar como santuario de los trabajos
que nos deben revelar el gran secreto.
Dulce es la sensación del masón
en esta jornada tan festiva
que une de nuevo la cadena
estrechándola aún más (…)

Tenor   El poder absoluto de Dios
no es ruido, pompa y fasto (…)
Deidad silenciosa e invisible
el alma del masón te venera
porque calientas con suavidad de sol
el corazón del masón con placer dulce.

El poder absoluto de este Dios…

Bajo y tenor  Ahora, hermanos, abandonaos a la felicidad,
(recitativo) a vuestros sentimientos que no debéis olvidar,
Que esta fiesta santa sea un monumento
a una renovada y firme unión fraternal.
Excluid para siempre de nuestra alma
la envidia, la calumnia, la avaricia .
La concordia ate firme nuestro lazo
tejido por el amor fraternal puro…

Sorprendente por su sentido ecuménico es el texto de la Pequeña Cantata KV 619:

Los que honráis al infinito
Creador del Universo,
lo llaméis Jehová, o Dios,
Fuji, o Brama, escuchad,
escuchad las trompetas del Todopoderoso
que vuelan alto por las tierras, lunas, soles…
Escuchadle hombres también a Él:
amaos a vosotros y a vuestros hermanos.
Fuerza y belleza sean vuestro adorno,
lucidez vuestra nobleza.
Daos la mano de la amistad
siempre eterna y fraternal,
de la cual sólo os privaban, fugaces,
los fantasmas de la imaginación.
Romped esa cárcel imaginaria,
desgarrad el velo del prejuicio,
quitaos la pesada vestimenta 
que envuelve a los hombres en sectas!
Forjad en arados el hierro que derramó
tanta sangre de tantos hombres y hermanos.
Haced saltar las rocas con la pólvora negra
que escupía plomo en el corazón de los hermanos…

 

¿Mantuvo Wolfgang hasta el día de su muerte esa fe y esa esperanza en las virtudes de la fraternidad masónica, o llegó a probar el amargo cáliz de la traición dentro de la propia masonería, como advierte el ritual de exaltación a maestro masón que debió de conocer al pasar al tercer grado?. La experiencia demuestra que dentro de la masonería, como en toda asociación, a veces se agazapa la impostura, la envidia y la calumnia. ¿Pudo ocurrir, como sostienen ciertas fuentes, que Mozart, en sus últimos días, sufriera una gran desilusión en su logia y ello fuera un motivo más para el deterioro inesperado y galopante que lo llevó a una tumba colectiva?. Quizás nunca conozcamos la respuesta, pero tampoco importa demasiado. La masonería es una delicada llama que transmite de generación en generación ciertos valores por los que quizás valga la pena luchar sin esperar ninguna recompensa.

 

Y en todo caso, del amor de Wolfgang Amadeus Mozart por esos ideales quedarán para siempre estas maravillosas melodías.


Alfredo Melgar, maestro masón de la Logia Concordia, al Oriente de Madrid.      

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