CRISIS

 

No cabe dudar de que estamos inmersos en una profunda y larga crisis. Los síntomas son inequívocos:

            Una economía en recesión, la segunda en pocos años, sin apenas solución de continuidad con la primera.

            Una tasa de desempleo desbordada, que nos sitúa a la cabeza de Europa en este siniestro ranking. Más de 5 millones de parados, y aún peor, casi la mitad de los jóvenes mendigando un empleo, aunque sea precario, aunque el salario sea irrisorio, aunque sea un subempleo.

            Desconfianza generalizada. Desconfianza en todo, en el futuro, en el Estado, en el sistema financiero, en la clase política. Desconfianza también en uno mismo, cuando uno se siente culpable de haber perdido su puesto de trabajo o de no ser capaz de encontrar el primero o uno nuevo.

            Destrucción del tejido económico del país. Cada día, cientos de empresas se ven obligadas a cerrar ante la falta de pedidos, la cancelación de las líneas de crédito o los impagos de otras empresas o de la propia Administración.

 

            Nos dicen que se trata de una crisis sistémica, que su intensidad es equiparable a la del crack de 1929, que nos enfrentamos a una generación perdida, que tardaremos tal vez décadas en recuperarnos, que el sueño de Europa se ha volatilizado y que el Estado del bienestar ya no es viable. Oímos todo eso a diario, una y otra vez, en los medios de comunicación, en las conversaciones de café, en la sobremesa de las comidas familiares. Hemos incorporado a nuestro vocabulario palabras y expresiones cuyo significado nos era hasta hace poco ajeno (Deuda soberana, Prima de riesgo, Agencias de rating…) y las utilizamos con soltura, en todo momento, para demostrar que estamos informados, que sabemos de qué va el tema. Conocemos casi como si fueran de la familia a personajes de los que nunca habíamos oído hablar: Nouriel Roubini, Jean Claude Trichet, Mario Draghi, Ben Bernanke o el mismísimo Merkozy se sientan a nuestra mesa cada noche y amenazan con quitarnos la cena

 

            Las causas de la crisis también nos son explicadas con exactitud, puntualmente y de todas las formas imaginables: entrevistas, sesudos artículos, películas, comics, ingeniosas presentaciones, debates abiertos, tertulias, campañas electorales y otros espectáculos. Ahí están las causas, bien identificadas:

            En el origen, hubo en los EE.UU. unas hipotecas subprime, o sea, insuficientemente garantizadas y con altísimo riesgo de impago, que se compraron y se vendieron hasta que nadie supo muy bien de quien eran.

            Enseguida, una diabólica perversión del sistema financiero, que empezó en EE.UU. y se contagió rápidamente a Europa, cayó sobre nuestras cabezas y las puertas de los bancos, antes abiertas de par en par, se cerraron como ostras.

            Allende los mares, se inició casi al mismo tiempo un crecimiento económico súbito y brutal de los gigantes dormidos: China, India, Brasil, Rusia… De pronto, esos pobres diablos del este y del sur crecían más que nosotros y más que nadie e invadían nuestros mercados con sus productos.

            Por si eso fuera poco, los españoles nos despertamos demasiado tarde de la pesadilla de una locura inmobiliaria colectiva, alentada por un sistema financiero que nos urgió a endeudarnos más allá de lo razonable, propiciando un crecimiento económico basado casi exclusivamente en el sector de la construcción y en la más salvaje de las especulaciones inmobiliarias que se recuerda.

 

 

            Estamos en crisis, no cabe duda, son tiempos difíciles y los serán aún más en los próximos años. Pero conviene recordar nuestro pasado más reciente, conviene que recordemos de dónde venimos, es necesario que hagamos balance de esa década prodigiosa durante la que llegamos a creer que aquella bonanza gris y facilona duraría siempre, que aquello era el Estado del bienestar que nos habían estado prometiendo desde el inicio de la Transición.

            Pasé buena parte de esa época de vacas gordas fuera de España, en países subdesarrollados, en el tercer mundo. Tal vez esa distancia me colocaba en una posición privilegiada para reconocer que aquella riqueza era sólo aparente. Cada vez que volvía a España durante aquellos años de locura consumista, tenía una sensación extraña, un desagrado profundo, una reticencia ante tanta alegría injustificada. Es curioso, recuerdo que en aquellos años casi nadie quería ser funcionario, la de servidor público era una profesión despreciada. Quienes ahora miran al malvado servidor público con una mezcla de ira y de envidia le miraban entonces por encima del hombro, con lástima y suficiencia.

             A lo largo de todos aquellos años ocurrieron muchas cosas o más correcto seria decir que ocurrió lo mismo una y otra vez:

            La ya mencionada especulación inmobiliaria, propiciada por la barra libre del crédito bancario, propiciado a su vez por unos ridículos tipos de interés que sólo sirvieron para permitirnos un mayor endeudamiento, vino acompañada de una escalada sin precedentes de corrupción, fundamentalmente urbanística, en todos los niveles de la política y de la Administración.

            El dinero fácil que podía hacerse en los múltiples negocios asociados a la construcción disuadió a muchos jóvenes de seguir y completar su formación. ¿Para qué voy a quemarme las pestañas estudiando si puedo ganar una pasta poniendo ladrillos, comprando y vendiendo pisos o si soy aún más listo, metiéndome en política y recalificando terrenos o aceptando comisiones de todo tipo? Ese discurso caló hondo en muchos jóvenes, que se gastaron toda esa pasta a toda prisa, como si el mundo fuera a terminarse, y ahora vagan sin norte en busca de una prestación, un empleo o lo que sea.

            La ausencia de creatividad a todos los niveles era cubierta con creces por un consumo absurdo y desenfrenado que hacía que nuestro país creciese a unas tasas anuales  que sorprendían a propios y extraños, tan increíbles eran como el ritmo al que han crecido el déficit público y el paro en los últimos cuatro años.

            En lo público, la evolución no fue más sensata que en lo privado. Corrupción, despilfarro en obras faraónicas e innecesarias, con el único fin de generar más actividad y por tanto más y más comisiones. Crecimiento exacerbado de las Administraciones Locales y Autonómicas, con el sólo fin de reafirmarse en una identidad artificial y al mismo tiempo crear una red clientelar entre familiares, amigos, amigos de amigos y familiares de amigos y familiares. Para los menos espabilados, el objetivo era acceder a un empleo público sin ningún esfuerzo, para atender necesidades inexistentes o inventadas y para medrar en lo posible en cualquier sector, mientras la fiesta durase.

            Pero la fiesta se acabó y la crisis está aquí para quedarse durante mucho tiempo. Sólo sirve ahora tratar de aprender de los muchos errores cometidos. ¿Qué podemos y qué debemos hacer? ¿Tiene esto remedio? ¿Cambiarán alguna vez las cosas y podremos volver a sonreír?

            De cómo respondamos a estas preguntas depende nuestro futuro. Si nos sentamos simplemente a esperar a que el ciclo económico cambie,  para repetir los comportamientos que nos hay llevado al borde del abismo, demostraremos que no hemos aprendido nada y que somos capaces de tropezar una y mil veces en la misma piedra. Debemos afrontar reformas profundas, no sólo en las políticas públicas sino también en nuestro sistema de valores:

            Se hace necesario invertir en educación, pero no sólo invertir dinero, sino sobre todo invertir sentido común, esfuerzo, sensatez y ganas de cambiar de verdad un sistema educativo que ha ido apagándose en las últimas décadas, mientras nos dedicábamos a discutir cuestiones menores, como la presencia de la religión en las aulas y la distribución y el nombre de los tramos de enseñanza. El resultado ha sido ESO en lo que se ha convertido la Enseñanza Secundaria en España.

Una reforma educativa seria y profunda debe superar de una vez para siempre la barrera de los idiomas (no está demostrado que los españoles tengamos un gen diferenciador que nos impide aprender idiomas). Una reforma educativa en profundidad debe ser fruto de un pacto de estado que garantice su continuidad sea quien sea quien gobierne. Una reforma educativa en profundidad debe primar y premiar el esfuerzo y el talento. Una reforma educativa en profundidad debe apoyar la investigación y debe dar alas a los jóvenes con ideas brillantes, que los hay.

            Se hace imprescindible repensar el modelo de Estado. Parece inviable el modelo territorial a que nos ha conducido el desarrollo del título octavo de la Constitución de 1978. Tal vez ha llegado el momento de cerrar ese proceso, dotándonos de una estructura territorial y de unas Administraciones razonables, eficaces y eficientes, al servicio de los ciudadanos y no al servicio de las ideas, de las identidades nacionales, de los partidos políticos o de los pseudopolíticos.

            Es urgente mejorar la calidad de un sistema democrático que tanto esfuerzo costó construir, al que llegamos casi por milagro y que es tan frágil como una delicada orquídea. Tal vez habría que empezar por reformar la Ley Electoral para hacerla más justa y por limitar los privilegios de la clase política, dotando a la vida pública de una transparencia cristalina en todos sus niveles.

            Es hora de desarrollar las visiones a largo plazo. Es hora de huir del electoralismo, de la demagogia, de la improvisación, de la ocurrencia, del oportunismo y del pelotazo.

            Debemos recuperar valores antiguos e incluso anticuados, como la honestidad, los buenos modales, la gratitud, el valor de la amistad y de la lealtad, el esfuerzo y el mérito como medios legítimos para el logro de objetivos, la justicia, la verdadera igualdad, el valor de la palabra dada y tantos otros que la mediocridad de una época vacía de valores ha ido arrinconando en las últimas décadas.

 

            Pero tal vez la lección más importante que deberíamos extraer de la terrible situación en que nos encontramos y del análisis de las causas que nos han conducido a ella es la siguiente, que expongo a manera de conclusión:

            La riqueza fácil basada en una concepción estrecha del crecimiento no es tal riqueza, es simple abundancia. Debemos aprender a distinguir entre ambos conceptos. La riqueza enriquece a la sociedad en su conjunto y al individuo. La abundancia, por el contrario, tiende a estar mal repartida, es poco duradera y envilece los comportamientos, tanto los de quienes ya están instalados en ella como los de quienes aspiran a entrar en el club.

            La década larga durante la que conocimos las mieles de la abundancia fue una década gris, triste y sobre todo estéril. Aquellos años, y no estos, fueron los peores de nuestras vidas, porque los malgastamos en acumular unos bienes que no hicieron de la nuestra una sociedad más virtuosa y que no nos enriquecieron en absoluto.

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