La “Era del hombre”

 

Pudo ser con la obra Trabajos y días de Hesíodo donde comenzó la andanza hacia la cúspide de la humanidad, puede que fuese en el Génesis bíblico o del aliento del dios egipcio Ra… Da igual cual sea el inicio en el que uno crea, el hombre deambuló entre la bestia y el semidiós, un semidiós que habitaba la equidistancia que había entre el cielo y el infierno. El hombre fue una criatura más de este mundo, muchas han sido las distinciones con las que la historia se ha querido referir y segmentar el camino que se ha recorrido desde los inicios de la hominización: las edades de los metales, la prehistoria, la edad antigua, la media, la moderna entre otros muchos cánones culturales, pero quizás los factores comunes que las une a todas ellas hayan sido que ha tenido que sobrevivir frente al entorno y doblegarlo ante sí, vencer a otros depredadores y por ultimo de todo observar y comprender que hasta la segunda mitad  del siglo XX no ha tenido una capacidad real de destruir el planeta Tierra.

Está aquí la principal diferencia que supone la contemporaneidad frente al resto de las edades del hombre: ahora somos los reyes de la creación, de todo lo que existe aquí, es eso precisamente lo que nos convierte en los guardianes y protectores del destino de la raza humana y de todos los demás seres que habitan este mundo. Hemos llegado a un punto de desarrollo técnico en el que la guerra en muchas ocasiones no llega a suceder por un equilibrio del miedo. El planeta Tierra tiene 4.543 miles de millones de años, el ser humano ha tardado 1,5 millones de años en pasar de lograr dominar el fuego a poder exterminar toda la vida existente en pocas horas con armamento nuclear: ¿No es pertinente pues pensar que ésta era bien merecería ser denominada la era del hombre?

Si se reflexiona con un poco de calma bucear a orillas de la costa y llegar a poner al hombre en la luna no son tan distintos: ambos se basan en conocer las limitaciones que imponen las leyes de la naturaleza y transgredirlas aplicando la experiencia y la técnica adquiridas. Un crecimiento tecnológico que desde la Primera Revolución Industrial ha conseguido, en tan apenas 200 años, el mayor cúmulo de transformaciones socioeconómicas y técnicas desde el Neolítico, esta nomenclatura propuesta no es sino la concepción bien entendida de que el ser humano ha sido el protagonista de esta etapa a la que llamamos confusamente contemporaneidad. Una propuesta que mira más allá del presentísmo para saber observar que el resto de edades vienen hilvanadas por un eje vertebrador como es el tiempo (antigüedad, Medievo, modernidad…) y que contempla a la humanidad como eje central del progreso de los tiempos.

La Era del hombre se configura pues como un concepto de extenso debate, tra de sus máximas tambien es responder a la necesidad de pensar como reorientar el papel del ser humano en un mundo en el que las maquinas y la tecnología van a tomar el relevo de muchos sectores laborales, van a plantear una revolución sin precedentes en la ética y la moral humanas. Una posible vía es que los estudios y la profesionalización se reorienten hacia las humanidades, que el hombre se dedique a la creación de aquellas artes que solo él y su condición pueden desarrollar: pintura, música, lógica, retórica, filosofía, literaturas, filologías, historia, psicología, periodismo…en síntesis: antropología social y cultural, todo aquello donde el ser humano pueda dejar impregnada una parte de su alma, algo que nazca y muera de su propia condición humana y que ninguna maquina pueda emular.

Si el desarrollo del arte rupestre, la adquisición del lenguaje y la creación de la escritura supusieron la desvinculación del hombre del reino animal deben ser esos mismos principios los que, en esta ocasión, deslinguen la naturaleza creativa humana del mundo al que conduce la robotización de los sistemas de producción. Estos principios han estado presentes desde el nacimiento de la humanidad, han sido los antecedentes que siempre han abanderado los grandes cambios de la historia, son la triple cimentación de esa cúspide que supone el movimiento humanista.

Desde las cuevas de Altamira hasta pintores como Delacroix o Sorolla, desde el desarrollo del sistema fonador hasta lingüistas Saussure o Chomsky, desde la escritura cuneiforme hasta sistemas la gramática universal o el idioma METI; estas son algunas de las maravillas que el ser humano puede desarrollar desde su propia naturaleza, dicho esto, cabe preguntarse si el futuro a un medio plazo no brindará a un gran porcentual de la humanidad la oportunidad de dedicarse a una plenitud intelectual por la cual se desarrollen nuevos hitos artísticos, literarios, sociales y culturales.

Pese a que la historia de nuestro planeta está empapada de grandes nombres, de proezas, de obras y de hitos que nos han traído hasta aquí cabe preguntarse: ¿no está siendo este siglo XXI un periodo de cierta desertización intelectual? Es cierto que la tecnología y la innovación han avanzado muchísimo desde la segunda mitad del siglo XX pero quizá este faltando el elemento cultural como catalizador del porqué avanzamos hacia donde estamos avanzando, faltan las razones morales, los nombres propios de este siglo, una cultura con mayúsculas que nos legitime como en otro tiempo fue el helenismo, el  humanismo, la ilustración o las vanguardias.

Algunos autores y pensadores de nuestro tiempo han ido más allá y han sido capaces de proyectar en sus obras la idea de que nuestro tiempo es una proyección neofeudalista o neomedieval: un tiempo instalado en la contracultura, en lo lazarillesco, acomodado en el oscurantismo, un tiempo en el que es innegable el progreso en los campos más técnicos pero en el que, pese a tener el “que” y el “para que”, nos falta lograr lo más importante, un “porque” que sea capaz de legitimarnos. Parece que en este siglo XXI da miedo innovar en el terreno de la creación artística, nos hemos estancado en la expresión de Newton “estar subidos a hombros de gigantes” pero nuestro tiempo está demandando nuevos héroes, nuevos ilustrados, nuevos innovadores, necesitamos personas que crean que lo imposible es tan solo no demostrable, necesitamos recordar que no todo lo bueno está ya escrito, compuesto, pintado, imaginado o descubierto…, que aún faltan muchos nombres propios por llegar y que es en este impás cuando más los necesitamos.

La segunda mitad del siglo XX abrió la puerta de una revolución tecnológica sin precedentes, unas décadas en las que los estudios de ciencias y de economía se han impuesto sobre unas humanidades relegadas sin utilidad real ni espacio en el mercado laboral. En este sentido es sencillo comprender cómo la proliferación de algunos estudios universitarios se acomoda sobre una expectativa de mercado que goce de prestigio social y de una proyección económica halagüeña. 

En líneas generales parece una propuesta estable en el tiempo mientras como especie podamos satisfacer la ley de la oferta y la demanda, la problemática de este planteamiento es que nuestro progreso científico está supeditado a unas leyes generales de mercado que sostienen la sociedad tal como la entendemos: la humanidad está en los albores de la robotización total de las grandes empresas, de la clonación de sí mismo y de otras especies, de diseños autónomos de inteligencia artificial, de la modificación climatológica activa, de la nanotecnología, de la automatización de vehículos públicos y privados, del diagnostico y monitorización robótico en atención primaria de hospitales y un largo etcétera de actividades profesionales en las que la presencia humana está avocada a desaparecer.

Este panorama le supone al ser humano un reto muy específico: gestionar su propia reestructuración en un futuro al que se ha llegado a un punto en el que es prescindible como trabajador manual. ¿Cómo se ajustará la ingeniería económica actual a empresas completamente robotizadas? ¿Con que salario podrán comprar los antiguos empleados los productos que ahora pasarán a realizar o supervisar maquinas?

Estas son algunas preguntas que la encrucijada expuesta le propone a la Humanidad en su totalidad, ya no sirven modelos como el Bretton Woods que permiten controlar una potencia emergente dentro de un ecosistema económico, quizás estos nuevos vientos nos estén recordando lo poco que dista el sistema actual de producción en lugares del tercer mundo para sustentar al primer mundo de las sociedades del mundo antiguo, donde una clase privilegiada se sustentaba en base al trabajo de los esclavos, quizás la robotización industrial sea la solución para acabar con la semiesclavitud sobre la que se cimentan muchos países para sustentar el estado de bienestar del primer mundo; por ello, esta es la mayor crisis coyuntural o la mayor oportunidad que la Humanidad va a tener que afrontar en las próximas décadas.

Para explicar con una mayor profundidad esta coyuntura habría que establecer como eje vertebrador la dicotomía antagónica que se produce entre asumir que el ser humano puede sumirse en el mecanicismo o si bien va a asumir su deber metafísico: conseguir el progreso a costa de asumir que el ser humano se va a convertir en un engranaje más de la maquinaria sería un fracaso a nivel social puesto que el fin no habría justificado los medios. Sin embargo en la metafísica humana sí que se comprendería el deber del hombre como protector de este planeta, de sus especies, de sus ecosistemas, sería una buena cima porque habríamos logrado como seres racionales comprender nuestra propia trascendencia y saber transgredir los planos puramente materialistas.

Asumir esta circunstancia a nivel mundial, con una implicación total por parte de las naciones podría equivaler a dar los primeros pasos hacia una igualdad de facto entre seres humanos, a la expansión de los Derechos Humanos, poder exportar un modelo de derechos laborales a aquellos países donde no existen, abolir la explotación infantil etc.…

El contrapunto a estos párrafos se encuentra en dudar de cuál puede ser la monetización de este futuro en el que para la producción no es necesaria la intervención humana, cabe pues preguntarse de una manera muy reflexiva: ¿Es pertinente la actual mercantilización y producción en países subdesarrollados si avanzamos hacia una sociedad sin operarios humanos? , ¿Hasta qué punto lograran sobrevivir a esta revolución técnica e industrial los gobiernos sin observarse en ellos tendencias evolutivas hacia modelos macroempresariales? , ¿Podemos llegar a un sistema social en el que las empresas no produzcan para los particulares sino que sus únicos compradores sean los gobiernos con el fin de distribuir los productos a sus ciudadanos a cambio de un trabajo o productividad meramente intelectual?, ¿Es correcto el modelo asociativo que están estableciendo las naciones entre sí pensando en una proyección tecnológica como la que se está gestando?

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