Estupefacta me he quedado, tras la lectura de un artículo publicado en El PAIS el pasado día 30 de abril de 2018, por el Sr. Víctor Lapuente, Doctor por la Universidad de Oxford y actualmente profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Gotemburgo, que se titula “por qué los hombres violamos”.

    Al margen de generalizar, lo que me ha parecido lamentable porque, no todos los hombres son iguales, me resulta alarmante que un profesor de Ciencias Políticas, que imparte clases en la Universidad de Gotemburgo, pretenda atribuir “en parte” a la testosterona la capacidad de anular la voluntad de un hombre e inducirlo a una violación, o a cualquier tipo de agresión, como si no fuera una decisión de su libre albedrio.

     La respuesta a la pregunta “por qué los hombres violamos”, a la que le pretende dar una explicación banal, para caer luego en que se debe educar en la igualdad de género; carece de fundamento, y no justifica, ni excusa los actos agresivos que de manera reiterada están sufriendo las mujeres en todos los ámbitos de la vida social por parte de algunas personas del género masculino.

    En  relación a la justificación que esgrime el señor, y de las razones que inducen a la agresión, tengo que discrepar sin acritud, que la causa no es la sensibilidad masculina, o la merma de la autoestima identitaria por no poder soportar el éxito profesional o social de la pareja, tampoco considero que sea la presencia de la mujer en las aulas. No es la impresión causada por el entorno en la que se pone en evidencia que la mujer puede ocupar tareas intelectuales, del mismo nivel de complejidad que el hombre, y tampoco lo es la revolución tecnológica que ha dejado en la estacada a miles de hombres sin estudios. No es la incertidumbre sin precedentes, que al parecer - leyendo entre líneas el artículo - ha dejado al hombre sin identidad. No es la ratio entre hombres y mujeres, la que induce al comportamiento de cosificar a la mujer y de no construir relaciones saludables. No lo es, perdóneme usted, señor LAPUENTE si discrepo.

   La única causa de la agresividad del hombre frente a la mujer es la decisión de aquellos, que en compañía de su egoísmo adquirido o innato, nublados por la arrogancia, la falta de sinceridad en cuanto a la negación del machismo, la falta de empatía con el dolor de la mujer, el sexismo extremo, el anhelo de poder, la necesidad de jolgorio y diversión con los que se estiman iguales, a costa de humillar, vejar, ofender, quitar derechos, discriminar a la víctima, pretenden imponer su voluntad a toda costa; pero, para qué?

      Es sencillo, para mantener el “statu quo” señor Lapuente, para perpetuar la desigualdad, para justificar los privilegios, intentando desestabilizar al género femenino física y mentalmente, como si fuéramos idiotas, mediante mensajes banales de tipo “no salgas a la calle, es peligroso”. Pensando en la dominación, en el control cavernícola, incitando a la violencia y justificándola si es preciso, recurriendo al miedo, a las amenazas, a la agresión, a la exclusión, al ostracismo, y en el mejor de los casos a la protección paternalista benévolo-machista, “yo te protejo”, con el único patético objetivo de mantener el “poder” sobre la mujer y todo lo que se le antoje.

      El hombre agrede para mantener el poder, que dicho sea de paso, ninguna mujer desea, el poder, para agredir al más débil, para matar, para hacer guerras injustificadas, para castigar, para deshonrar, para mantener la desigualdad, y los privilegios de unos seres humanos frente a otros, y para someter a la mujer por motivos espurios de toda clase; los motivos económicos palidecen ante la necesidad de poder. 

       Esa es la razón por la que los hombres, en lugar de pelearse individualmente como lo harían los animales entre “machos” a fin de determinar quién es el “Alfa” o como ocurre en las películas de Tarantino, a golpe de pistolas entre ellos mismos; se enfrentan físicamente a la mujer, en manada, como depredadores para demostrarse a sí mismos lo machos que son, causando daños irreparables para la mujer y en general para la memoria colectiva.  

 

   Téngase en cuenta, que la respuesta de la mujer es UNIDAD, ya nada se puede hacer en contra de los movimientos feministas que aglutinan cada vez más mujeres de distintas partes del mundo.  El hipotético macho Alfa, violador agresor, misógino, maltratador, que pretender perpetuarse en el poder, sometiendo y abusando, va en declive, dando lugar al hombre UNIDAD, ese es nuestro hombre, el que vela por todos y por todas, el que es capaz de construir una relación, el que practica sexo con respeto y con amor, el que no abandona, el que dialoga, el que está siempre disponible ante una llamada, el que no se siente amenazado por una caricia, el que conoce la desigualdad a lo que nos enfrentamos, el que nos allana el camino para que no sea demasiado duro, el que es capaz de construir con nosotras codo a codo un mundo mejor, el que valora a su madre, comprendiendo y rectificando los fallos en su educación  debido al entorno social y cultural en que le tocó vivir y el que se educa a sí mismo en los valores de igualdad de género y respeto, con ahínco y con tesón. 

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