Para que la rueda del conocimiento no se pare, el trabajo, no sólo es necesario, es un derecho. Por ello, conocerlo es triunfar, es ser más fuerte, tener mayor voluntad y saber contenerse para analizarlo con eficacia, es la realización de una arquitectura personal para perdurar en el tiempo.
 

El trabajo no sólo es un derecho. Dignifica al hombre.

 

Por la mañana, tarde o noche, multitud de gente da el primer paso.

 

Es la hora de llenar un tiempo necesario, el trabajo.

 

Este nos amplía la capacidad de entender y modificar nuestra existencia.

 

Tres líneas son suficientes para darle el sentido que tiene. Sin él no hay progreso.

 

Hasta aquí todos podemos estar de acuerdo.

 

Entremos en la realidad de hoy. ¿Estamos o no en una sociedad de “sálvese quien pueda”?

 

Analicemos quiénes y cómo nos controlan todo: esfuerzo, creatividad, riqueza y al hombre, en definitiva.

 

Está comprobado que cada vez riqueza y poder están en un grupo más reducido.

 

El método que emplean, entre otros, es la evaluación individual que provoca competitividad, y con ello se alteran las relaciones humanas y la ayuda mutua va desapareciendo.

Se aumenta el aislamiento provocando miedo, falta de solidaridad y desconfianza; convirtiendo el trabajo en discordia, donde lo importante no es la calidad sino la cantidad.

 

Hay un aumento de diversas patologías profesionales: estrés, ansiedad, dolores diversos.

 

Estos se generalizan sin distinción en toda la cadena humana de producción.

 

También desgraciadamente se consolida el ver a personas bien estructuradas que contribuyen a prácticas que ellos mismos no comparten.

 

Se consolida obedecer por norma haciendo de lo incorrecto una herramienta de sumisión.

 

Así se impone mayor dominio y control, debilitando cualquier sistema organizativo que facilite poder hacer frente a la mala gestión del mundo del trabajo y de una sociedad más igualitaria.

 

Nos inculcan el deseo de tener mayores ingresos por el mero hecho de poder consumir, haciéndonos cada día más esclavos de un tiempo que hemos dejado en el camino y que no podremos disfrutar.

 

En consecuencia, en nuestro cerebro se establece una fijación por el deseo de jubilarse o prejubilarse, conscientes que el tiempo se nos va sin darnos cuenta, ante la pérdida de satisfacción por el trabajo.

 

  A quienes les guste que éste sea el sistema de organizar el trabajo perderán. Pero quienes olviden hacerle frente, para cambiar el sistema que les ha llevado a esta situación, seguirán en el peligro de que nada se modifique.

 

 Jesús Aznar (14-4-2018)

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