SÍMBOLOS PARA UNIR

 

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define el término símbolo con distintas acepciones de muy diversa índole. De ellas, y al propósito de este trabajo,  me interesa destacar las dos siguientes:

 

Una: Representación sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian con esta por convención socialmente aceptada.

 

Otra: Figura retórica o forma artística que consiste en utilizar la asociación o asociaciones subliminales de las palabras o signos para producir emociones conscientes.

 

Simbolismo será pues el sistema de símbolos con que se representan creencias, conceptos o sucesos.

 

Al estudiar los símbolos constatamos que los pensadores que han tratado la materia no siempre están de acuerdo en la naturaleza de su origen. Su propuesta ha sido muy diversa. Va, desde la  concepción del símbolo como un pacto, como algo convenido para que tenga un determinado significado (Aristóteles), hasta su concepción como algo que tiene que ver directamente con la realidad, con aquello que está representando (Hegel). Así, el sol existe y simboliza el calor, el día, el principio generador, lo masculino, el padre, etc.

 

 Otros autores conceden al símbolo un carácter de “revelación”, huyendo del carácter convencional (de convenio, de pacto), para distinguirlo de la alegoría, la metáfora y la iconología. (Josep M. Gracia : Simbólica arquitectónica”). A este respecto, el citado autor señala:

 

 

       “Lo revelado es aquello que se hace manifiesto a través del símbolo (Eliade, 1987) (Trias, 1994) y, aquí, el objeto de esta revelación es un orden, un Kosmos; el Mundo es el símbolo por excelencia, un símbolo de las realidades trascendentes que el mismo representa ejemplar, paradigmáticamente, y fenomenológicamente también. El símbolo es biunívoco: permite la “presencia” de lo inteligible en lo sensible y viceversa, la revelación de lo sensible hasta los arquetipos o Ideas.”

 

No vamos, sin embargo, a profundizar en estos aspectos que, como es de imtuir, pueden dar para escribir voluminosos tratados filosóficos, si bien queremos resaltar que, con una concepción u otra, lo que resulta evidente es su existencia y sus, llamémosles, efectos.

 

Lo que interesa al fin de este trabajo es algo menos filosófico, sino más vital, pero no por ello menos interesante. Se trata de poner de manifiesto que los símbolos, bebiendo de las concepciones ya expuestas, se pierden en la noche de los tiempos y nos llevan a comprender que el ser humano ha tenido y compartido en el pasado, y en la medida en que todavía hoy permanecen en la memoria individual y colectiva, tiene y comparte, multitud de “lugares comunes”, de sensaciones, de emociones, de evocaciones, de pensamientos, de creencias, de conceptos primitivos, unos, y elaborados, otros,  en definitiva de vivencias que deberían funcionar como un “núcleo duro común” de atracción que necesariamente ha de tender a unir y no a separar.

 

Note el lector que, en determinada medida esto ya ocurre mediante la manifestación más común y quizá más elaborada de determinados símbolos  que constituye el lenguaje y la escritura, como expresión de los medios más idóneos de comunicación, y de relación y unión entre los hombres. Valga como ejemplo aun cuando en este trabajo nos estemos refiriendo a “otros” símbolos.

 

 

Como primera aproximación llamaremos la atención sobre la idea que subyace en las propias definiciones arriba consignadas. Esto es, el símbolo como la evocación de algo preexistente, socialmente aceptado, o reconocido inconscientemente o, también, algo que despierta aquello que se encuentra ínsito en el ser humano y que estos símbolos remueven, recuerdan, evocan o hacen vibrar al entrar en resonancia con ese interior conceptual común.

 

Estos aspectos han sido perfectamente conocidos a lo largo de la historia. En la edad media, en una sociedad deficientemente instruida en la que apenas había individuos que supieran leer y escribir, se utilizaron las pinturas y sobre todo los capiteles románicos, no solo para contar historias sino para hacer vibrar tanto al observador  común como al iniciado con símbolos de la más variada naturaleza. De este modo, se penetraba directamente en las sensaciones y sentimientos del hombre.

 

El poder resonador de los símbolos también es conocido en la actualidad por los equipos comerciales de grandes empresas quienes a menudo, y entre otros, utilizan símbolos y colores evocadores que actúan más allá de la consciencia por tratarse de conceptos ideas o imágenes del pasado remoto del hombre (y que aún perviven), para incorporarlos a su logo, distintivo o marca. Por ejemplo, algunos fabricantes de coches utilizan en sus distintivos símbolos ancestrales africanos o de similar naturaleza. También es algo conocido por quienes se dedican hoy a la señalética.

 

El pasado común, las vivencias históricas, las creencias religiosas primitivas, los avances científicos, las disputas, las alianzas, en definitiva la vida misma ha llenado el inconsciente colectivo de imágenes conceptuales que son generalmente comunes al ser humano y a la civilización en la que se desenvuelve.

 

 

La presencia o visión de los símbolos no deja impasible al observador, son algo que este lleva instalado dentro de sí, en su ADN podríamos decir, y que de una manera u otra abre la espita por donde fluyen sentimientos y emociones, los hace entrar en resonancia con lo más íntimo del individuo. Como ya hemos mencionado, evoca, remueve y despierta algo que estaba dormido, latente en el.

 

¿Quién puede afirmar categóricamente que no se siente concernido por alguno de estos símbolos?: El sol, la luna, las estrellas (especialmente las de cinco y seis puntas), la cruz, el triángulo o la pirámide, el cuadrado o el cubo, el círculo o la esfera, determinadas líneas, paralelas, cortadas, onduladas, la espada, la lanza, la flecha, el león, el cordero, el lobo, la serpiente, el delfín, el dragón, etc. etc.  En fin, un elenco inagotable de estímulos que tocan directamente el interior del hombre y que han sido utilizados, y se siguen utilizando, tanto en las relaciones sociales ordinarias como en los aspectos religiosos del ser humano.

 

En definitiva, es innegable que nuestros ancestros, por vía convencional, o como reflejo de realidades existentes, o como “revelación”, por mencionar las corrientes filosóficas a las que nos hemos referido supra, han creado y han dado sentido a multitud de símbolos que han servido, y en parte siguen sirviendo, de instrumento de constatación de la existencia de un enorme acervo común.

 

Todo ello debería hacernos reflexionar en orden a considerar que en el ser humano subyacen profundamente arraigadas, muchas más “cosas” que nos unen que las que nos separan, y que una buena prueba de ello, aun cuando no la única,  lo constituyen los símbolos, como testimonio de ese tronco común del que participan los arquetipos y las Ideas (con mayúscula) o conceptos de todo tipo que han ido quedando grabados de forma indeleble en el hombre.

 

 

Este puede ser un interesante y apasionante campo de trabajo en el que ocuparse para explicarle y hacer comprender conscientemente al hombre que, aun cuando no lo perciba conscientemente, la vista o percepción de los símbolos va a producir en él una serie de sentimientos, sensaciones, y emociones que también perciben otros muchos seres humanos en idéntico o similar sentido, y que todo ello deriva de un antiquísimo acervo común.

 

 La sociedad, el ser humano en definitiva, debería intentar desarrollar una auténtica toma de conciencia de la potencia escondida, arcana, de los símbolos como medio útil, aunque no el único, de conocer todo aquello que le ha unido, y todavía le une, a otros seres humanos, y los símbolos son algo que puede ayudar a esta labor desde el mensaje a lo más íntimo, a lo más ancestral.

 

 

Proponemos pues despertar ese sentimiento de “unidad” ancestral del hombre en cuanto ser social. Es decir, intentar aprovechar y utilizar para unir y no para separar aquello que fue y  sigue siendo común al ser humano.

 

 

Zaragoza, octubre  de 2017

 

 Miguel Angel C. C.

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