Siempre he tenido claro que me quería dedicar a la tecnología, a discurrir, a buscar soluciones a problemas y aplicarlas de la forma más eficiente. Desde pequeño me gustaron los ordenadores, las televisiones, los teléfonos móviles y cualquier cacharro electrónico que pudiera servir de utilidad.

Pensaba en cómo serían los señores que ideaban aquellos chismes mágicos capaces de permitirnos hablar con alguien a miles de kilómetros, recordar por nosotros los teléfonos de nuestros amigos o hacer operaciones matemáticas para las que yo necesitaba horas. Los imaginaba como personas muy inteligentes, con estudios complicadísimos y que dedicaban muchas horas al día a encontrar la forma de hacernos la vida cada día un poco más cómoda.

Con el paso de los años llegó internet, los primeros teléfonos móviles, los smartphones, los televisores inteligentes, los GPS y tantos otros inventos con los que tenemos toda la información del mundo al alcance de la mano.

Ciertamente la vida es mucho más cómoda, pero a veces me pregunto si realmente tanta tecnología no nos está haciendo personas menos inteligentes. Paradójicamente, habría personas altamente preparadas elaborando inventos que convierten a otras personas en gente menos crítica, menos observadora, más despreocupada de los detalles y cada vez menos preparada para la vida en general.

Recuerdo una ocasión en la que un amigo y yo cogimos un barco y nos fuimos a Helsinki. Por aquel entonces los teléfonos inteligentes tenían precios elevados y nosotros, estudiantes, llevábamos nuestros telefonillos de lo más normales. El GPS no estaba tan extendido así que para orientarse no había nada mejor que un mapa, un bolígrafo y preguntar a la gente que veías por la calle. Aun hoy, casi 10 años más tarde, mi amigo se sigue riendo al recordar una frase que dije durante aquel viaje:

- Me río yo de la gente y su superteléfono con GPS, que, con un mapa, un boli y un autóctono yo me apaño.

 

Y realmente no me faltaba razón, me orientaba de maravilla, entendía los mapas y no tenía ningún problema en preguntar a quien se cruzara en mi camino si me quedaba sin ideas. En cambio, ahora que me he acostumbrado a sacar el móvil, hacer una búsqueda y obtener el camino más corto a mi destino, he de reconocer que me cuesta más que antes orientarme si no tengo a un angelito por detrás diciéndome donde debo ir.

Las nuevas tecnologías han venido para quedarse, y conforme pasa el tiempo cada vez hay mayor cantidad de información y más y mejores herramientas para manejarla. Para organizar un viaje ya no es necesario invertir varias semanas planificando rutas, buscando mapas y puntos de interés turístico o llamando a hoteles, nos bastan un par de horas con un ordenador y una cerveza. Nos sentamos, compramos los billetes de avión por internet, vamos a nuestro comparador de precios para noches de hotel, leemos comentarios, hacemos cuatro clics y tenemos el alojamiento solucionado. Nos descargamos dos o tres guías en PDF, las metemos a la tablet, y a funcionar. Aparentemente todo son ventajas.

Eso sí, ¿realmente ahora nos preocupamos en hacer las cosas bien? ¿Nos interesa tanto saber entender un mapa? ¿Es necesario saber comunicarse cuando tenemos páginas web que nos gestionan casi cualquier cosa?

La respuesta a todo esto es sencilla, ya no nos es necesario, aunque sí deseable. Y esto no deja de ser un problema, porque cada día me doy más cuenta de que se están perdiendo muchas capacidades que antes teníamos y que mejorábamos casi sin darnos cuenta.

Hoy en día la gente cree lo que le dice la pantalla de su ordenador como si de una Biblia moderna se tratara. Nadie se cuestiona si las noticias que lee son ciertas o falsas, nadie se molesta en leer las señales de tráfico si su GPS le dice que puede seguir recto. Tampoco es necesario entrenar el cálculo mental, hay calculadoras que se encargan de todo. No será la primera vez que un coche acaba rodando ladera abajo o en un río por no leer las señales de tráfico. Ni será la primera vez que las redes sociales arden por una noticia inventada por un programa de humor en televisión.

De ahí mi preocupación al ver que las personas, lejos de evolucionar y hacernos más sabias con el paso del tiempo, corremos el riesgo de convertirnos en máquinas que actúan sin pensar, sin cuestionarse las cosas, dejándose llevar y dejando que las máquinas trabajen por ellas. También se están perdiendo interacciones personales, encuentros en un bar o en el parque, e incluso hay grupos de amigas que bajan a la playa para tomar el sol, pero no hablan entre ellas, sólo chatean con el móvil.

Y de ahí el título de esta plancha. Me parece sorprendente ver cómo gracias a los grandes inventos de gente realmente inteligente la población se va transformando, y no necesariamente a mejor. Es un tema que me parece interesante y preocupante, y por eso lo he elegido en esta ocasión.

A pesar de lo oscuro que veo el futuro, siempre soy optimista y creo en que las cosas pueden cambiar, evolucionar para mejor y volver donde creo que deberían estar. Cuento con que en algún momento habrá un detonante que abra los ojos a la gente y les deje ver lo absortos que han estado en ese mundo virtual creado por los ordenadores, las tablets y demás cachivaches.

Esperaremos a ver qué nos depara el futuro.

 

19/11/2016

L.L.

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