EL SER HUMANO, ESE ANIMAL POLITEISTA.

Una visión antropológica de la religión.

Asumiendo que gran parte de las decisiones que tomamos a diario, así como nuestros rasgos de comportamiento, están fuertemente condicionados por nuestra herencia genética, ya bien sea la que nos hace pertenecer a esta especie y no otra, ya bien sea la que nos hace diferentes unos a otros, ¿qué podríamos decir de nuestra concepción de la religión?

Del darwinismo aprendimos que lo que es bueno para una población, en tanto aumente sus probabilidades de supervivencia y descendencia, se perpetuará a lo largo de los siglos. Dado que todas las sociedades que han poblado la Tierra desde el origen de la especies han tenido algún tipo de sentimiento religioso, parece lógico creer que la religión ha tenido alguna ventaja evolutiva.

Ser religioso propicia a un individuo ciertos elementos favorecedores que son fácilmente entendibles por cualquiera. En primer lugar, muchas personas son incapaces de soportar ese “terror cósmico”, citando a Lovecraft, que nos inunda. Nuestra pequeñez en la vasta línea temporal y espacial que nos rodea, la futilidad de la vida humana y la escasa transcendencia de la mayor parte de cosas que hacemos pueden resultar demasiado inquietantes para el cerebro medio. En este sentido, las ideas mágicas de una vida después de la muerte, de que un ser grandioso observa, aprobando o desaprobando nuestros actos, podrían proteger al individuo del viraje a la locura o del abandono del sentido de autocuidado y proliferación.

Por otro lado, pertenecer a una comunidad religiosa brinda otros elementos que también beneficiarían al motor primordial de la selección natural: las poblaciones. Ese sentimiento de grupo ayuda a crear lazos familiares, confiere vigor en la lucha contra el diferente y preserva la cultura y tradiciones propias como algo intocable, conllevando mayores posibilidades de sobrevivir, tener prole y crecer.

Así pues, ¿qué cabría esperar de la distinción que siempre ha existido entre comunidades politeístas o monoteístas? ¿Cuál es más natural para el ser humano?

Sin duda, para hacer este análisis debemos olvidarnos de la historia y de cómo han evolucionado las religiones a lo largo de los siglos. De nada sirve pensar que el monoteísmo es lo natural porque hoy en día “las tres religiones del libro” (cristianismo, islam y judaísmo) aglutinan a la mayor parte de la población, ya que hace dos mil años eran los dioses romanos, griegos, bárbaros… los que poblaban el ultramundo y hace cuatro mil se adoraba a los elementos de la naturaleza o los dioses egipcios o mesopotámicos. Para llegar a una conclusión lógica debemos rebajarnos hasta nivel molecular y pensar en genes y en selección natural, pues la última palabra de la realidad siempre la tiene el ambiente, y a nadie se le escapa que “las tres religiones del libro” tienen los suficientes recursos (véase inquisición, imanes, leyes…) como para haberse impuesto con violencia sobre todo lo demás.

En este sentido es, a mi parecer, el politeísmo la manera religiosa más acorde con nuestro instinto y trayectoria. Recordemos que el ser humano ha pasado la mayor parte de su historia como especie formando tribus de cazadores-recolectores que muy raramente superaban los cien individuos. En este escenario, tener un dios propio podría favorecer una mayor cohesión social que ayudaría a imponerse sobre otras tribus (y esto pasa por aniquilarlas y fundar otras similares a la propia por tres mecanismos: la división al haber crecido lo suficiente, la división tras el robo de hembras extranjeras o la conquista por un excedente de machos que han sido exiliados).

Sin llegar a confusión, estos individuos serían monoteístas, pero al estudiar conjuntamente la población general quedaría como resultado un abrumador politeísmo. Para confirmar esta idea me baso en un hallazgo actual que podría poner en evidencia el monoteísmo que reina hoy en día, y que expondré a continuación.

Pensemos en la religión católica de un país como España. Si alguien le pregunta a un creyente si cree en Dios éste rápidamente asegurará que sí. Ahora bien, si a este mismo creyente se le pregunta desde un inicio sobre a quién tiene devoción la respuesta puede variar en un amplio elenco de posibilidades. A unos les vendrá a la mente la Virgen del Pilar, a otros la del Carmen, el Sagrado Corazón, a San Pedro o incluso a la propia cofradía en la que suelen desfilar. Caricaturizándolo al extremo, si se permite, podemos imaginarnos a dos grupos de procesionarios de la Semana Santa de Sevilla discutiendo en un bar sobre cuál de sus vírgenes es más guapa o ha hecho más milagros, olvidando en el proceso la verdadera naturaleza de lo que están haciendo.

Porque analizándolo al detalle, estos comportamientos no hacen más que reforzar la idea de la evolución tribal del ser humano. Lograr un sentimiento de grupo en una comunidad nacional (o incluso respecto a toda la Humanidad) es algo por lo que debemos luchar, pero eso no quita que en el fondo sea un comportamiento altamente antinatural. El hombre anhela encuadrarse siempre en un grupo y tener en frente otro que pueda considerar rival, así estamos hechos. Cuando uno se engloba en una religión de mil millones de creyentes es poco probable que pueda beneficiarse de las ventajas de pertenecer a un grupo puntero, por ese motivo se deja caer en un politeísmo maquillado.

De cualquier forma, la religión no tiene nada de particular en este razonamiento. Vea el lector, si no queda muy convencido, que lo mismo podría decirse de la mayor parte condiciones que nos llevan a alzar nuestras pasiones más brutales. Ya bien sea cuando enarbolamos la bandera del Madrid o del Barça o cuando afirmamos orgullosos que somos de tal barrio o pueblo y no del otro, estamos dando rienda suelta a esa semilla primitiva que ha sido pulida a través de los milenios en lo más profundo de nuestro corazón.

Como siempre, dos posibilidades caben ante la evidencia. Podemos negar nuestra naturaleza humana, aduciendo que todas estas coincidencias no son más que condicionantes sociales, o podemos asumir quiénes somos, parafraseando a LaVey, “ese animal, algunas veces mejor, otras veces peor que aquellos que caminan en cuatro patas”, comprendernos, y trabajar para aprovecharnos de lo bueno y protegernos de lo malo en aras de construir una sociedad mejor.

David S. (13/03/2016)

Additional information