LA PÉRDIDA DE VALORES EN LA SOCIEDAD ACTUAL (U. Del Campo)

 

El periegético Pausanias, inscrito en el pronaos del templo de Apolo, en Delfos, recogía la siguiente inscripción: γνῶθι σεαυτόν (conócete a ti mismo). Sin duda, esta es una clara invitación, a cada persona que se detenía a las puertas de aquel templo, hacia la búsqueda de la comprensión de la conducta, la moral y el pensamiento humano a través de una mirada introspectiva capaz de detectar nuestras carencias y defectos. Sin embargo, creo que el Ser Humano no puede transitar únicamente los caminos de la introspección, ya que el desarrollo íntegro de los individuos está muy ligado a su relación con los demás. 

Con esta idea de partida, parece lógico que hay ciertos valores humanos como la bondad, la libertad, la generosidad, la dignidad, la honestidad, la paz o la responsabilidad, entre muchos otros, que nos ayudan a buscar el perfeccionamiento de nuestro ser. Pero insisto, ese camino, que quizá deba empezar como una empresa individual de uno mismo  a través del convencimiento y el desarrollo de la virtud moral, debe transitarse en comunidad para que se extienda lo máximo posible. Decía Winston Churchil, considero que con mucho acierto, que “la única forma posible de que perduren valores tales como la confianza y la prudencia, es a través de un estrecho contacto”. Estos dos valores son fundamentales para la consecución del ideal que vengo exponiendo en este texto. Y desde la individualidad, creo que la única manera de aportar coherentemente algo a estos principios es predicando con el ejemplo. Más hacer y menos hablar, como muestra del camino porque “por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16).

Sin embargo, hoy en día, un gran número de personalidades del mundo de la Filosofía, la Política o las Ciencias Sociales, entre otros campos, destacan que estamos sufriendo no sólo una crisis económica global, sino una crisis de valores, todavía peor si cabe. Desde luego, en una situación crítica a nivel mundial, sobrevivir se hace cada día más difícil, sobre todo en ciertas latitudes, pero no creo tener tan claro si la pérdida de valores es real o ha sido extremadamente enfatizado gracias a los medios de comunicación o a posicionamientos tremendistas y catastrofistas. Además, soy optimista, porque las nuevas tecnologías han aumentado considerablemente no sólo la información de lo que pasa alrededor del mundo, sino la capacidad de gente consciente de adherirse a causas que defienden al Ser Humano en su integridad. No sólo se está consiguiendo que los decisores adopten medidas importantes, sino que se está llegando a cambiar imaginarios y a discutir cosas que hasta ahora parecían impensables.

Sin duda, el mundo ha sufrido cambios sustanciales en muchas materias, desde la aceleración de los procesos de producción hasta la facilidad de acceso a cualquier producto. La aceleración de los sistemas que configuran la organización social del Ser Humano, la relación entre individuos y la interacción de éste con el medio, han cambiado ciertos patrones de conducta del Ser Humano: la rapidez de acceso a las cosas debilita nuestra capacidad de ser pacientes en las esperas; las grandes desigualdades sociales y económicas fomentan la envidia y la división, sobre todo, entre aquellos que buscan satisfacer sus necesidades más vitales y aquellos que viven con grandes lujos; el establecimiento no escrito de modas y normas sociales fomenta la angustia por formar parte de esas corrientes para no desligarse del mundo; la falta de Planes Educativos que fomenten los valores humanos genera prejuicios y divisiones. Esto son sólo ejemplos de lo que, bajo mi punto de vista, puede estar ocurriendo. 

Los llamados antivalores como la injusticia, que se produce muchas veces a causa del interés propio; la intransigencia y la intolerancia, por falta de conocimiento; la indiferencia y la irresponsabilidad, por la falta del sentido del deber quizá agudizado por la exaltación de la educación de los derechos sobre los cuales existe siempre la contraprestación de un deber, también por parte de cada persona; la deshonestidad, como parte de la falta de coherencia y el no haber aprendido a decir que no para satisfacer peticiones ajenas; o las ventajas y privilegios, tan de moda en la política de nuestro país.

No obstante, creo que la clave en la construcción de un mundo más fraternal no pasa por la solución de los elementos anteriormente enumerados, los cuales desde luego no hay que desatender, sino por el trabajo de la confianza entre los Seres Humanos. Considero que éste es el valor fundamental sobre el que articular la fraternidad, la igualdad y la libertad, porque sólo tomando el camino por esta senda nos daremos cuenta de que hay muchas cosas que nos unen a todas la personas del mundo. “El racismo se cura viajando y el fascismo, leyendo”, decía Miguel de Unamuno, y creo que el conocer y compartir con personas de otros lugares y una buena biblioteca son cuestiones capitales en este viaje.

Por otro lado, es verdad que hay ciertas personas que desarrollan antivalores como la esclavitud (económica, por ejemplo), la injusticia, el irrespeto, la intolerancia o la ignorancia, entre otros. Creo que debemos invitar a esta gente a recuperar la defensa del interés común y de un objetivo superior a la defensa de su propio interés, el de su partido o el de su grupo, que es sin duda el desarrollo pleno del ser humano en su conjunto. Porque hemos de darnos cuenta de que cuanto más seguras vivan las personas de nuestro mundo, más felices sean, mejor satisfagan sus necesidades básicas, mayor será el grado de repercusión de esas mismas condiciones en nuestra persona. Esta reflexión puede hacer pensar al lector que existe un juicio sobre los propios valores humanos. Aunque no es mi intención juzgar a nadie con este texto por sus comportamientos, me posiciono sin duda alguna del lado de lo que creo que más beneficia al Ser Humano en su conjunto. Es mi propia toma de posición y la asumo con orgullo. 

Sin embargo, me alegro de la pérdida de ciertos valores que han tenido muy buena consideración hasta el momento. La pérdida de valores como el patriotismo, que ha generado “masacres entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran”, como decía Paul Ambroise Valéry, o de la obediencia y la disciplina, siempre y cuando se encarnen y se apele a ellos para someter al ser humano. Además, soy partidario de elogiar antivalores como la guerra, en su faceta de lucha contra uno mismo en la búsqueda de la perfección humana (se acercaría al concepto de Yihad de visión sufí del Islam), o la pereza, siempre y cuando sirva para pausar un poco esta vorágine acelerada en demasía, bajo mi punto de vista, en que se ha convertido el mundo. Para aclarar esta cuestión, recomiendo la lectura de ‘Elogio de la pereza’, el discurso de ingreso de Leclercq en la Academia Libre de Bélgica en 1936, el trabajo de Tom Hodgkinson, que recupera reflexione de personajes como Lord Byron, Bertrand Russell, Nietzsche o John Lennon y el libro de Paul Lafargue: ‘Derecho a la Pereza’.

Y quizá también pueda sumarme a algunos de los “valores del salvajismo” defendidos por Jean Debuffet, como son el instinto, la pasión, el humor y la locura, siempre que bien encauzados hacia la fraternidad humana.

Y ante esta situación creo que sólo nos queda seguir luchando y poniendo piedras en el camino con el objetivo de ser cada día más sabios, humanamente más perfectos y  sobre todo, buscar ser imprescindibles en el sentido “Brechtiano” (si se me permite la licencia) de la palabra: “Hay seres humanos que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida. Esos son los imprescindibles”.

U. del Campo

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