Cuando la conciencia es como el hielo, al querer ver la luz y tomar el sol, se derrite no quedando nada.

La conciencia de hielo 

Tú, que te mueves entre cristaleras y sillas de diseño,

con luz de alto voltaje, que oculta el lado oscuro de tu cara,

de tu ambición de poder y riqueza desmedida,

piensas que con ello lo tienes todo.

Tu puerta, aunque no lo parezca, es de madera antigua.

La carcoma la va minando, cada vez que tus manos se posan sobre ella.

Además, no ves el soplo oculto que encierra detrás.

Son los que sufren el esfuerzo y la fatiga, 

con el sudor la desgajan, avisándote para pasar a recoger un contenido.

Es tu conciencia que ha depositado debajo de la mesa

una factura que debes pagar y que estás usando como alfombra,

creyendo que, con los pies sobre ella y el peso de tu cuerpo,

se sujetaría la enorme cifra que hay en ella.

Sin embargo, sólo sientes la planta de los pies, el resto de tu cuerpo es de hielo. 

El tiempo está agotado, es tarde para que el aire fresco pase por tu puerta. 

Y así, hundido en la ciénaga de tu propia vida,

desapareces en el olvido de quienes te han precedido. 

A ti, que confundes la conciencia con la economía, te delatan tus manos caídas sujetándote los bolsillos, inválido por tu incapacidad de levantarlas. Ni un abrazo, ni un choque de manos tienen moneda de cambio. Estás inmóvil como hielo del cuaternario. Te digo convencido que no entiendes nada, ni de conciencia ni de economía.  

Jesús Aznar (26-12-2015)  

 

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