LA LENGUA ARAGONESA Y EL BUCARDO

Soy castellano hablante de nacimiento. Aprendí francés en mi juventud, hice mis pinitos con el checo, y en la actualidad hablo inglés a un nivel alto. También hablo y leo en aragonés.
Cuando comencé a estudiar aragonés, muchos amigos y familiares me decían que qué sentido tenía aprender aragonés, pudiendo aprender inglés. ¡Cómo si nuestro cerebro sólo pudiera aprender un idioma en la vida!
Las lenguas son instrumentos de comunicación, que a su vez nos enseñan infinidad de cosas de las personas que las hablan. Entender la musicalidad o filosofía de idiomas tan distintos como el árabe, las lenguas eslavas o el aragonés, nos muestran más cosas que el simple idioma. Nos enseñan una manera de pensar, una manera de ver el mundo. ¿Cómo podía permitirme el lujo de estudiar el idioma de Shakespeare sin al menos conocer los principios de la lengua de mi tierra?
Cuando estudiaba en el colegio mi profesor de 3º de EGB (Educación General Básica) nos dijo en clase que “la fabla” era una lengua que hablaban 4 ancianos en el Pirineo y algún pastor, y que se podría calificar ya como una lengua extinta.
Me enamoré del aragonés años después, en mis años de Instituto, cuando me di cuenta que el aragonés estaba vivo. Muy vivo. Que de mis 8 profesores de Instituto, 4 tenían el aragonés como lengua materna. Que mi médico de cabecera, nacido en Biescas, era bilingüe castellano-aragonés. Que mi compañero de mesa hablaba Patués porque sus padres emigraron a Zaragoza en los años 60. Y no eran ni ancianos del Pirineo, ni ese pastor del que nos hablaba mi profesor de la EGB.  A lo largo de los años me he encontrado con decenas de personas que hablan el aragonés como lengua materna, que lo aprendieron en casa y lo tienen como una lengua familiar, y aun hoy se avergüenzan en reconocer que hablan esa lengua. Aun hoy, los corrillos y conversaciones en cualquier pueblo del Pirineo cambian de aragonés a castellano de forma inmediata cuando un extraño se acerca. Aun hoy entienden que hablar aragonés es “hablar mal”. Es por ello que con este estudio quiero reflexionar y dar valor a un activo cultural de Aragón, que sobrevive no sin esfuerzo a este mundo cada vez más global y uniformizado.
El aragonés es una lengua romance, propia de Aragón, hablado hoy en día por unas 10.000 personas como lengua materna y conocida por otras 15.000 como segunda lengua.  El aragonés es una de las lenguas con mayor riesgo de extinción, según la UNESCO en su informe de 21 de febrero de 2013.
El aragonés, como cualquier otra lengua, cuenta con numerosos dialectos locales, preservados mayoritariamente en los valles altos del Pirineo. Dialectos como el ansotano (Valle de Ansó), el cheso (valle de Hecho), el panticuto (Panticosa), el tensino, (valle de Tena), el belsetán (Bielsa), el chistabín (Valle de Gistaín), el fobano (de A Fueba), el benasqués o patués, o el grausino forman parte de este rico conjunto de dialectos aragoneses.
La denominación  “aragonés” o “lengua aragonesa” es una denominación aceptada académicamente pero no exenta de controversia política. La mayoría de los autores y estudiosos se decantan por esa terminología al ser esta lengua la única cien por cien autóctona de Aragón. Popularmente se conoce al aragonés como “fabla” o “fabla aragonesa”, o lo que es lo mismo en castellano “habla” o “habla aragonesa”.
El aragonés nació en torno al siglo VIII, como uno de los muchos dialectos del latín, en la zona alta del Pirineo. Como consecuencia de la reconquista, el aragonés fue desplegándose hacia el Sur, ocupando amplias áreas de influencia en el sur de navarra y valle del Ebro, llegando en el Siglo XII a tener su máximo esplendor y extensión, siendo hablada en zonas del norte del Reino de Murcia. Con la generalización del castellano como lengua predominante, la castellanización hizo retroceder la lengua, siendo ampliamente hablada entre la población rural aunque denostada por la nobleza que solo entendía al castellano como la lengua del poder. Ya en el Siglo XX, el hecho más importante en el retroceso de la lengua fueron los años de la dictadura de Francisco Franco.
Desde el punto de vista legal, la actual Constitución reconoce y protege las variedades lingüísticas de España. El castellano, como lengua oficial del Estado y la única que la constitución impone como de obligado conocimiento a sus ciudadanos en su artículo 3.1 que dice “todos los españoles tienen deber de conocerla y el derecho a usarla”.
La constitución prevé en su artículo 3.2 que “las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos”. Dentro de este tipo de protección se encontrarían el catalán (en Cataluña y Baleares), el valenciano (en la Comunidad de Valencia), el euskera (en el País Vasco y Navarra), el gallego (en Galicia) y el Aranés (en el Valle de Arán, Cataluña).
El artículo 3.3 de la Constitución añade que “la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección.” En ese apartado se encuadra la situación actual del aragonés (y también del asturiano o del silbo gomero, por ejemplo).
En Aragón la protección de las Lenguas propias las recoge el Estatuto de Autonomía, que no les da carácter de oficiales.  La protección se desarrolla en la Ley 3/2013 de uso, protección y promoción de las lenguas y modalidades lingüísticas de Aragón. Esta Ley de 2013 suprime las denominaciones de catalán y aragonés a las lenguas propias de Aragón distintas al castellano, en contra de la opinión de la mayoría de expertos y lingüistas españoles y europeos, pasándose a denominar “lengua aragonesa propia de las áreas pirenaica y prepirenaica” para referirse al aragonés, y “lengua aragonesa propia del área oriental”, para referirse al catalán.
La politización en el uso de las lenguas en España ha sido uno de los mayores enemigos del aragonés desde la instauración de la democracia. Muestra de ello es que desde las primeras versiones de nuestro Estatuto de Autonomía se recoge la protección de las lenguas y variedades lingüísticas de Aragón, sin llegar a nombrarlas por el temor de que una confrontación política frenara o dificultara la negociación estatutaria entre los distintos grupos parlamentarios. Esa falta de consenso a nivel estatuario ha hecho que nuestra actual ley de lenguas haya llegado tarde y mal, y hechos como el cambio de denominación, sonrojante desde el punto de vista técnico, vaya a provocar que en cada cambio de gobierno se produzca un cambio en el nombre de las lenguas de Aragón.
Como consecuencia de estas disputas palaciegas nos encontramos ante una lengua, el aragonés, sin una normativización estandarizada oficial, y hayan tenido que ser los propios hablantes los que con sus propios medios se hayan tenido que organizar para llegar a acuerdos en torno a una gramática común y grafía. En 1986, a propuesta del Consello d’a Fabla Aragonesa se impulsó el I Congreso de l’aragones del que salió la primera gramática y grafía común para todos los dialectos (aprobada en 1987). En 2005, se realizó el II Congreso de la Lengua, al que participaron aragonesofabláns de todos los dialectos, y del que surgió la segunda revisión de la gramática y grafía. Esta segunda revisión no ha sido aceptada por algunos hablantes patrimoniales, sobretodo lingüistas y escritores, que siguen escribiendo con las normas de 1987. Esta división entre los propios hablantes y la desidia institucional siguen desquebrajando día a día nuestra lengua.
Nuestras administraciones públicas desoyen sistemáticamente las peticiones de acción que llegan desde organismos internacionales y europeos que aprecian desde fuera la riqueza de nuestro territorio que nosotros no sabemos valorar.
Ya dejamos morir una vez al bucardo. Ahora nos gastamos miles de decenas de euros intentando clonarlo, resucitarlo y traerlo desde el más allá para aliviar nuestras conciencias a las que silenciábamos cuando la población de esta cabra pirenaica descendía drásticamente.  ¿Ese es el futuro que le queda al aragonés?
El aragonés es una lengua viva, pero con un futuro gris si no se llegan a tomar medidas urgentes e inteligentes. No hace falta un derroche de caudales públicos, ni siquiera imponer ni obligar a nadie como nunca se ha hecho. Simplemente hace falta voluntad de promover y dignificar una lengua singular que durante años ha estado denostada y maltratada, favorecer su aprendizaje y dejar que los propios hablantes se expresen con libertad en esta lengua que ahora se habla entre paredes o cuando nadie está mirando.

F. Latasa.

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